sábado, 17 de marzo de 2007

El empoderamiento como nuevo paradigma de gestión del talento humano

De Yuly Fang Alandette Juan Morales Arrieta Federico Herazo Ferrer

INTRODUCCIÓN El siglo XX fue escenario de múltiples cambios a nivel organizacional marcado por guerras, depresiones económicas, etc, pero en esencia mantenía las mismas estructuras heredadas de las sucesivas revoluciones industriales en la cuales el individuo era considerado como un simple engranaje sustituible de la gran maquinaria de producción (Caro, 2001). Este enfoque mecanicista demostró ser eficaz en los mercados relativamente aislados por los conflictos sucedidos en todas partes del mundo, pero giraba inconscientemente en la despersonalización de los empleados quienes cada vez perdían más la motivación y la satisfacción personal. Su base estructural mostraba una jerarquía piramidal con un poder centralizado en unos pocos (mandos medios y altos) y con poca o nula participación del nivel inferior y en donde la comunicación fluía en un solo sentido (de arriba hacia abajo) aislando prácticamente a la fuerza laboral de la organización en si. El descontento de los trabajadores no se hizo esperar y fue así como surgieron los movimientos gremiales y sindicales que promovían la necesidad de ser tratados como seres humanos y no como máquinas. Esta necesidad se vio reflejada en los bajos niveles de desempeño de los empleados que afectaban directamente las utilidades de las organizaciones las cuales notaron posteriormente que su personal no era sólo un instrumento o medio para lograr los objetivos sino su capital más importante y vital. Es aquí donde nace el empoderamiento como nuevo paradigma de gestión del talento humano procurando insertar como miembros activos y con capacidad de decisión a todos y cada uno de los individuos que laboran en una organización descentralizando el poder y fomentando la comunicación en todas direcciones a la vez que aplana la estructura jerárquica haciéndola más eficiente y menos burocrática (Alhama, Alonso & Cuevas, 2001). El panorama actual ha cambiado, si antes los mercados estaban relativamente aislados, hoy en día se vive en la era de la globalización en donde se observan fenómenos tales como la unión de mercados (por ejemplo, la Unión Económica Europea) lo que genera intrínsecamente una dinámica y permanente cambio de la mano con los avances tecnológicos y especialmente de las telecomunicaciones. En la aldea global el conocimiento es poder y su valor con el transcurso del tiempo toma más auge por la alta competitividad de los mercados en los cuales el que se adapta primero a los cambios se mantiene y los que no, desaparecen. ¿Qué sería de una empresa que no está al tanto de los cambios del mercado?, ¿qué sería de una organización que no tiene acceso a la información pertinente al medio en el cual se desarrolla? Si el mundo fuera estático podría seguir siendo exitoso por mucho tiempo, pero con el constante cambio social, económico y político las empresas que no se adaptan están destinadas a desaparecer. Lo anterior genera una diseminación en tiempo real del conocimiento por todo el mundo y las nuevas técnicas de gestión del talento humano no son la excepción.

¿PERO QUÉ ES EL EMPODERAMIENTO? El empoderamiento es un proceso multidimensional de carácter social en donde el liderazgo, la comunicación y los grupos autodirigidos reemplazan la estructura piramidal mecanicista por una estructura más horizontal en donde la participación de todos y cada uno de los individuos dentro de un sistema forman parte activa del control del mismo con el fin de fomentar la riqueza y el potencial del capital humano que posteriormente se verá reflejado no solo en el individuo sino también en la comunidad en la cual se desempeña (Blanchard, Carlos & Randolph 1997). Ahora bien, existen dos tipos de empoderamiento. El empoderamiento estructural de Kanter (1993 citado en Laschinger, Finegan, Shamian & Wilk, 2004; Yoon, 2001) que se centra en las condiciones en el ambiente de trabajo tales como la variedad, autonomía, carga de trabajo, soporte de la organización y posición dentro de la empresa; estas constituyen las características estructurales del empleo. Las variaciones de dichas condiciones se traducen en una forma de satisfacción laboral, pero dejan a un lado la percepción que el trabajador tiene de dichas variaciones en las condiciones ambientales. Es aquí donde Spreitzer (1995 citado en Laschinger et al. 2004) abre campo al empoderamiento psicológico definido como la interpretación mental de cada individuo a las cambios estructurales del ambiente de trabajo. Dichas interpretaciones generan cuatro dimensiones (Spreitzer, 1996 citado en Menon, 1999; Conger & Kanungo, 1988 citados en Leach, Wall & Jackson, 2003): a) el significado que supone una congruencia entre las creencias de un empleado, valores, conductas y los requerimientos del empleo; b) la competencia que hace referencia a confiar en las habilidades en el desempeño del empleo; c) la autodeterminación que se refiere a los sentimientos de control sobre el trabajo y d) el impacto que se define como el sentido de ser capaz de influenciar importantes resultados en conjunto con la organización. La idea general del empoderamiento es la complementación de los dos tipos ya que para analizar el proceso se necesita saber si existen o no condiciones favorables para un ambiente empoderado y además la forma como los empleados perciben dichas condiciones. Este proceso de empoderar inicia (Blanchard, Carlos & Randolph 1997), estimulando el liderazgo de los mandos intermedios de la organización para cumplan un papel de guías hacía los objetivos de la empresa y no de supervisores del cumplimiento de los mismos (Covey, 1996). Posteriormente se debe compartir la información con todos los empleados para aprovechar al máximo el capital humano y permitirles entender la situación actual en términos claros, crear confianza en toda la organización, acabar con el modo de pensar jerárquico tradicional, ayudar a las personas a ser más responsables y a su vez estimularlos para actuar como si fueran dueñas de la empresa. Después de cumplir con la anterior etapa, se comienza a generar la autonomía mediante fronteras. En este paso los trabajadores se basan en la información compartida para tomar sus propias decisiones sin perder de vista la misión y la visión de la empresa, retroalimentándose ellos mismos y trazándose metas específicas para cumplir con su papel. Finalmente como último paso la organización debe reemplazar la jerarquía piramidal con equipos autodirigidos que gozan de cierta autonomía y para esto todos tienen que entrenarse en destrezas de equipo y recibir un compromiso y apoyo de la gerencia. ¿CÓMO MEDIRLO? Existen muchas formas de medir Empoderamiento, a través de las percepciones, cuestionarios (Mok, 2004), Escalas Likert (Yoon, 2001), encuestas (Boehm y Staples, 2004). Otra estrategia para medir el empoderamiento, y que ha sido muy poco utilizado es el método conocido como el de las 7S (McKinsey, 2002 citado en Morales y Peña, 2004; Waterman, Peters & Phillips, 1980 citados en Lin, 2002). Este utiliza un conjunto de siete factores organizacionales que por sus nombres en inglés comienzan por la letra “S”; estos son: Skills (habilidades) que son las capacidades distintivas de la empresa; Staff (personal) que son las personas que ejecutan la estrategia; Strategy (estrategia) que es la adecuada acción y asignación de los recursos para lograr los objetivos de la empresa; Struscture (estructura) que se refiere a la estructura organizacional y las relaciones de autoridad y responsabilidad que en ella se dan; Style (estilo) que es la forma en que la alta dirección se comporta, Superordinate goals (valores o metas superiores) que son los valores que comparten todos los miembros de la empresa y que traduce la estrategia en metas circulares uniendo a la organización en el logro de objetivos comunes; y Systems (sistemas) que son todos los procedimientos y procesos necesarios para desarrollar la estrategia. Este método postula que los cambios en la eficacia organizacional, son consecuencia de la interacción de múltiples factores, muchos de los cuales no son obvios y otros no son considerados por los modelos tradicionales; pero siendo este un modelo donde todos los factores están interconectados entre sí, no basta con la sola identificación de esta diversidad de factores, lo más importante es la mezcla o combinación que se logra entre ellos para optimizar los resultados, lo que lo convierte más en una red de relaciones que una estructura piramidal de importancia. ESTADO ACTUAL DEL MODELO DE EMPODERAMIENTO Las recientes investigaciones sobre empoderamiento están enfocadas principalmente al campo de la salud (hospitales, clínicas, etc), de servicios (compañías de seguros, bancos, etc) y de la educación (Universidades, colegios, etc). Se han realizado estudios científicos a lo largo y ancho del mundo y en diversas culturas buscando grados de correlación con distintas variables tales como edad, género, antigüedad en el cargo y nivel educativo del empleado (Lin, 2002). Los resultados han arrojado impicaciones tales como que: a) El empoderamiento debería ser operacional, b) empoderar a mujeres debería ser reconocido como una de las ventajas en la industria de los servicios, c) el empoderamiento debería ser notado como una herramienta válida para conservar empleados, y d) las prácticas del empoderamiento deben ser diseñadas para realzar la satisfacción en el trabajo. En general desde finales de la década pasada y comienzos de la actual se han venido aplicando las técnicas del empoderamiento en Estados Unidos (Pappas, Flaherty & Wooldridge, 2003; Campbell, 2003; Appelbaum, Bartolomucci, Beaumier, Boulanger, Corrigan, Doré, et al., 2004), México (Quijano, 2005), Finlandia (Kuokkanen, Leino-Kilpi & Katajisto, 2003), China (Mok, 2004; Mok & Au-Yeung, 2002), Turquía (Yavas, Karatepe, Avci & Tekinkus (2003), Taiwán (Lin, 2002), Perú (Arispe, 2005) y Colombia (Canaval, 1999; Calderón, 2003; Calderón, Murillo & Torres, 2003; Calderón, 2004; Espinosa, 2001) de manera simultánea, con resultados muy positivos lo que demuestra que el conocimiento globalizado está operando adecuadamente en el desarrollo del bienestar organizacional. Con el marco conceptual anterior el Programa de psicología y el programa de Ingeniería Industrial han iniciado un trabajo interdisciplinario a través de sus dos Grupos de Investigación para dar una mirada global al proceso de Empoderamiento. Es así como se encuentra en proceso la investigación que tiene como objetivo identificar y describir las características de empoderamiento de las empresas del sector Industria ubicadas entre las cien mejores de la ciudad de Cartagena, según la clasificación de la Cámara de Comercio de Cartagena. Partiendo de la importancia que tiene la variable Empoderamiento como Estrategia para mejorar la calidad de vida de los empleados en una organización y de esta forma ser más rentables en el mercado. Para esta investigación se trabajará con el método de las 7S de Mckinsey, se establecerán los indicadores para cada una de las variables y se procederá a elaborar la encuesta, para aplicarla a las empresas seleccionadas, y con la información suministrada se analizaran bajo el software SPSS diseñados para tal fin, el cual proporcionará una guía para recopilar, procesar, analizar la información y determinar las conclusiones con referencia a la investigación de las características de Empoderamiento en las empresas de diversos sectores económicos, las cuales se encuentra entre las cien mas grandes de la ciudad de Cartagena.

Tomado de http://es.wikipedia.org/wiki/Usuario:Jumoral

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Alhama, R., Alonso, F. & Cuevas, R. (2001). Perfeccionamiento empresarial: Realidades y retos [Versión electrónica]. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. Extraído el 29 Septiembre, 2005 de http://www.cubaliteraria.cu/ciencias_sociales/editorial/csLibros/Perfeccionamiento_Empresarial.pdf Appelbaum, S., Bartolomucci, N., Beaumier, E., Boulanger, J., Corrigan, J., Doré, I. et al. (2004). Organizational citizenship behavior: A case study of culture, leadership and trust [Versión electrónica]. Management Decision, 42 (1), 13-40. Extraído el 17 Agosto, 2005, de la base de datos de ProQuest. Arispe, J. (2005). Solo 16% de gerentes cree que hay liderazgo efectivo en sus empresas. El Comercio. Extraído el 17 Agosto, 2005, de la base de datos de ProQuest. Blanchard, K., Carlos, J. & Randolph, A. (1997). Empowerment: 3 Claves para lograr que el proceso de facultar a los empleados funcione en su empresa. Bogotá: Norma S.A. Boehm, A. y Staples, L. (2004). 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viernes, 2 de marzo de 2007

Un texto sobre ciencia, género y feminismo

¿El poder de una ilusión?: Ciencia, Género y Feminismo(1)

Eulalia Pérez Sedeño
Dpt. Lógica y Filosofía de la Ciencia
UPV/EHU

[Publicado en M. T. López de la Vieja (ed.): Feminismo: del pasado al presente. Ediciones Universidad de Salamanca, 2000.]

Cuando se habla de 'ciencia y género’(2) (o 'mujer y ciencia' o la cuestión de la ciencia en el feminismo, ampliable en todo momento a la tecnología) se hace referencia a cuestiones muy diversas. Para abreviar, podemos decir que consiste en examinar desde diversas perspectivas, aunque teniendo en cuenta sobre todo el pensamiento feminista, la división sexual del trabajo en la ciencia, que produce una organización ‘genérica’ de las comunidades científicas y de la propia ciencia. Cómo y en qué términos se ha producido eso ha sido objeto de diversos estudios desde diversas perspectivas en los últimos años.

En mi opinión, gran parte de la historia del acceso de las mujeres al conocimiento(3) es la historia de una ilusión: conseguir saber y el acceso a las instituciones que ‘certifican’ qué es conocimiento. Y esa historia tiene tres momentos importantes. El primero de ellos, que iría desde el Renacimiento hasta el triunfo de la revolución científica, ya bien entrado el siglo XVII, es aquél en el que se plantea el acceso de las mujeres a la educación elemental. Ante la consideración tradicional que los pensadores medievales tienen de la mujer (4), ciertos humanistas, como Luis Vives o Erasmo de Roterdam consideran que es recomendable que las mujeres sepan leer y escribir, pues no hay que olvidar que los hijos están en sus manos durante muchos años y el que puedan hacer lecturas piadosas las ayudará en la buena crianza de sus vástagos. No se cuestiona la manifiesta inferioridad de la mujer, pero se aboga por una cierta educación para que el mal sea menor.

Esta mayor permisividad acerca de la instrucción de las mujeres tuvo diversas consecuencias. Una de ellas fue la aparición de mujeres educadas: aunque a lo largo de la historia, siempre ha habido excepciones (entre las clases privilegiadas, claro) comienza a aumentar su número e incluso aparece una figura típica de la revolución científica, la scientific lady o la femme savant, tan denostada en la literatura satírica, pero tan fundamental para la difusión de la nueva ciencia(5). También fue importante y novedoso el hecho de que algunas mujeres comenzaran a alzar la voz a favor de su educación, e incluso afirmaran la igualdad en capacidad intelectual con el hombre. Un antecedente de estos primeros alegatos es, sin duda el de Christine de Pisan, quien en su obra, La ciudad de las damas, publicado en 1405, afirmaba que "si fuera costumbre mandar a las niñas a la escuelas e hiciéranles luego aprender las ciencias, cual se hace con los niños, ellas aprenderían a la perfección y entenderían las sutilezas de todas las artes y ciencias por igual que ellos... pues... aunque en tanto que mujeres tienen un cuerpo más delicado que los hombres, más débil y menos hábil para hacer algunas cosas, tanto más agudo y libre tienen el entendimiento cuando lo aplican". Y añadía: "Ha llegado el momento de que las severas leyes de los hombres dejen de impedirles a las mujeres el estudio de las ciencias y otras disciplinas. Me parece que aquellas de nosotras que puedan valerse de esta libertad, codiciada durante tanto tiempo, deben estudiar para demostrarles a los hombres lo equivocados que estaban al privarnos de este honor y beneficio. Y si alguna mujer aprende tanto como para escribir sus pensamientos, que lo haga y que no desprecie el honor sino más bien que lo exhiba, en vez de exhibir ropas finas, collares o anillos. Estas joyas son nuestras porque las usamos, pero el honor de la educación es completamente nuestro"(6).

Otra mujer, Margaret Tyler, efectuaba aseveraciones semejantes. Aunque la identidad real de esta autora se desconoce, nos ha llegado la traducción que hizo al inglés de la obra del español, Diego Ortúñez de Calahorra, El espejo de los hechos de los príncipes y de la caballería (1578). El prefacio, o más bien dedicatoria en forma de epístola, mantiene que las mujeres tienen idéntica capacidad que los hombres para investigar y escribir y que, por consiguiente, tienen que tener la posibilidad de hacerlo. Jane Anger, otra mujer de cuya identidad apenas se sabe nada, excepto su gran capacidad para las polémicas, ataca e insulta en Boke his Surfeit in Love (1588) a quienes consideran inferiores, tontas, libidinosas o lascivas a las mujeres: ”somos contrarias a los hombres porque ellos están en contra de lo que es bueno: como son cortos de vista no pueden ver dentro de nuestra naturaleza, pero nosotras podemos ver demasiado bien (aunque nos falte un ojo) su condición, porque son muy malos; nuestros comportamientos se alteran diariamente, porque las virtudes de los hombres decaen cada hora”(7). También Ester Sowernam (probablemente un seudónimo) escribió en 1617 Ester hath Hang’d Haman Address to all right Honorable, Noble and Worthy ladies, Gentlewomen and Others, Vertuously Disposed, of the Faeminine Sexe como respuesta a un tratado misógino de Joseph Swetnam; en él defiende “a las de nuestro sexo” mostrando que fueron creadas iguales que los hombres, apreciadas en la antigüedad y llenas de bondades de todo tipo, aunque cuando se equivocan lo hacen duramente porque son superiores: en realidad se las acusa de defectos “y faltas que proceden del contagio de esas serpientes que son los hombres”(8).

La española María de Zayas y Sotomayor (1590-1661 ó 1662) no sólo se pronuncia a favor de la educación de las mujeres, sino que tiene muy claro a qué se debe la ‘inferioridad’ de éstas. “Las almas ni son hombres ni mujeres. ¿Qué razón hay para que ellos sean sabios y presuman que nosotras no podemos serlo? Esto no tiene a mi parecer más respuesta que su impiedad o tiranía en encerrarnos y no darnos maestros. Y así, la verdadera causa de no ser las mujeres doctas, no es defecto del caudal, sino falta de la aplicación. Porque si en nuestra crianza, como nos ponen el cambray en las almohadillas y los dibujos en el bastidor nos dieran libros y preceptores, fuéramos tan aptas para los puestos y para las cátedras como los hombres, y quizás más agudas”(9). Y tanto es así, que incluso considera que muchos de los peores males que aquejan a su tiempo se deben a la falta de estima que los varones tienen por las mujeres: “¿De qué pensáis que procede el poco ánimo que hoy todos tenéis, que sufrís que estén los enemigos dentro de España y nuestro Rey en campaña, y vosotros en el prado y en el río llenos de galas y de trajes femeniles, y los pocos que le acompañan suspirando por las ollas de Egipto? De la poca estimación que hacéis de las mujeres”(10).

Así podríamos seguir por los siglos XVI y XVII, en los que el nuevo tema que aparece en la querelle des femmes(11), la educación de las mujeres, se convierte en una parte vital de la cultura occidental, como muestran los escritos de Louise Labé de Lyon (1524-1566), Joane Sharp (hacia 1617), Marie le Jars de Gourney (1565-1645) , Margaret Cavendish (1623-1673), Katherin Fowler Philips (16331-1664), Bathsua Pell Makin (1608-1675 aproximadamente) o María de Guevara, condesa de Escalante (muerta en 1683)(12). Pero entre todas las obras escritas en esta época en favor de la educación de las mujeres hay dos que destacan. Una es el panfleto anónimo aparecido en 1678, Advice to the women and Maidens of London, que exhortaba a las mujeres a rechazar las labores domésticas y a dedicarse a estudiar matemáticas y contabilidad. La autora - desconocida, aunque en la portada aparece la expresión 'por una de ese sexo' - consideraba que las mujeres que estuvieran capacitadas en esas materias serían más independientes. La otra obra es An Essay in Defence of the Female Sex, In which are inserted the Characters of a Pedant, a Squire, a Beau, a Vertuoso, a Poetaster, a City-Critick, etc., In a letter to a lady. Written by a lady(13). También fue publicada de forma anónima, aunque se puede atribuir a Judith Drake, hermana de James Drake, anglicano, miembro del Colegio de Médicos y famoso activista político. En la obra, que fue tan popular que vio diversas ediciones, Judith Drake expresaba su disgusto y desesperación porque la sociedad no sólo aceptaba la desigualdad sexual, sino que la alentaba. También se manifestaba en contra de la ignorancia y hasta ocultación de la literatura escrita por mujeres y criticaba el sistema educativo que diferenciaba entre sexos. Animaba a sus congéneres a escribir, hablaba con orgullo de las mujeres del pasado y desechaba los argumentos a favor de la naturaleza inferior de la mujer, mostrando un conocimiento exacto y al día de las ideas contemporáneas al respecto.

El segundo momento histórico en la lucha por las mujeres para lograr acceso al conocimiento se produce en la segunda mitad del s. XIX, cuando se plantean en diversas partes del mundo occidental, no ya el acceso a la cultura general, sino a las instituciones educativas de más alto nivel, las universidades ( y también las academias). Siguiendo estrategias variadas, entre las que tendríamos que destacar las de algunas mujeres norteamericanas que donaban grandes sumas de dinero para fundar colleges femeninos o subvencionaban aquellos centros que admitieran mujeres, se fue logrando poco a poco el acceso a la universidad para escuchar primero, luego para obtener título de licenciada y, finalmente, para doctorarse. No hay que olvidar que a lo largo de la historia, las mujeres no podían acudir a los centros del saber. En Grecia sólo se las admitía en algunas escuelas filosóficas, por ejemplo, la platónica o la pitagórica; durante la Edad Media, únicamente los conventos - aunque no en todos los países - permitían un a educación limitada. Ni tan siquiera el ideal ilustrado pudo conseguir que las mujeres accedieran sin trabas y como iguales al saber, aunque fueron muchas las ilustradas conocedoras y practicantes de la ciencia.

De hecho, el acceso a las escuelas o a las universidades es muy reciente. Como grupo, y no alguna excepción, lograron entrar en estas últimas a finales del s. XIX: en las universidades norteamericanas se consiguió a mediados del siglo XIX, pero en departamentos o colleges segregados; en las suizas en la década de 1860, en las francesas en la de 1880, en las alemanas en 1900 y en las británicas en la de 1870, aunque universidades como la de Cambridge no las admitiría sin ningún tipo de restricción hasta 1947. En las universidades españolas se las admitió por vez primera en 1668, pero poco después, una normativa exigía permiso de la ‘autoridad competente’ (ministro de Instrucción Pública, Rector, padre o esposo) y sólo se permitió el libre acceso, sin ningún tipo de restricción, a partir de 1910. Las academias científicas tardaron aún más: dos mujeres - Marjory Stephenson y Kathleen Londsdale - fueron las primeras en ser admitidas en la Royal Society en 1945, a pesar de que esta institución tenía casi trescientos años de existencia; en 1979, Yvonne Choquet-Bruhat fue la primera mujer en entrar en la Académie de Sciences francesa, fundada en 1666: Liselotte Welskopft, en 1964, se convirtió en la primera mujer miembro de pleno derecho de la Akademie der Wissenschaften de Berlín: antes había habido mujeres miembros honoríficos o correspondientes (no de pleno derecho), como Lise Meitner en 1949, pero, aún así, desde su creación en 1700 y hasta 1964 sólo diez mujeres habían conseguido tal ‘privilegio’. Las primeras mujeres españolas en acceder a las academias científicas nacionales fueron María Cascales (Real Academia de Farmacia, en 1987) y Margarita Salas (que leyó su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en 1988).

El tercer momento, se produce en lo que se denomina ‘la segunda ola del feminismo’ y se caracteriza no ya por una lucha por el acceso a la educación o a la enseñanza superior, sino por plantearse por qué hay tan pocas mujeres, primero estudiando ciencias, luego, trabajando en ellas y, finalmente, en los puestos de responsabilidad. En este tercer momento, se puede decir que hay dos fases. En la primera, las preguntas se refieren a la ciencia sólo; en la segunda, se amplía a la tecnología, un terreno tradicionalmente masculino(14).

En este período surgen un tipo de estudios, pero también estrategias - que he denominado pedagógico-prácticos - y que tienen como objetivo fundamental averiguar por qué sigue habiendo escasez de mujeres en ciencia y tecnología e intentar atraer a las niñas a las ciencias. No hay que olvidar que, a pesar de que el feminismo es múltiple y variado, una de sus características generales es avanzar propuestas sociales y políticas que conduzcan a la plena igualdad de las mujeres, por lo que esa problemática adquirió gran relieve desde los comienzos. El objetivo principal era conseguir que hubiera cada vez más mujeres estudiando ciencia y tecnología y en las actividades tecnocientíficas. Para ello se ha analizado - y se analiza - cómo se enseña la ciencia y la tecnología desde la escuela y el contenido de los diferentes curricula. Y las estrategias utilizadas para alentar el estudio y trabajo de las niñas y mujeres en las ciencias han sido variadas: unas se han centrado en el contenido de las materias, en la selección de lecturas adecuadas, en la inclusión de información que normalmente no se contempla en los cursos estándar o en las actitudes y expectativas que las niñas y adolescentes tienen hacia la ciencia (y que suelen condicionar sus opciones de adultas), así como en las expectativas y actitud que el profesorado manifiesta (consciente o inconscientemente) hacia sus alumnas y que también los profesionales de las ciencias revelan con respecto a las mujeres.

Pero también se ve la necesidad de proveer a las niñas de estereotipos femeninos en los que puedan mirarse y se empieza a rescatar del olvido figuras que habían pasado inadvertidas o deliberadamente ocultas en la historia de la ciencia, bien por los sesgos inherentes, bien por concepciones estrechas de la historia de la ciencia que reconstruyen la disciplina sobre los nombres de grandes personajes y teorías o prácticas exitosas y que dejan de lado actividades en modo alguno colaterales al desarrollo de la ciencia.

Empiezan a nombrarse y a ser conocidas figuras que han efectuado aportaciones más o menos importantes a la ciencia y la tecnología y que no aparecen recogidas en las historias al uso: Aglaonike, e Hipatia en la antigüedad, Roswita e Hildegarda de Bingen en la Edad Media; las italianas Maria Ardinghelli, Tarquinia Molza, Cristina Rocatti, Elena Cornaro Piscopia, Maria Gaetana Agnesi, y Laura Bassi; las anglosajonas Aphra Behn, Augusta Ada Byron Lovelace, Mary Orr Evershed, Williamina Paton Stevens Fleming, Margaret Lindsay Murray Huggins, Christine Ladd-Franklin, Henrietta Swan Leavitt, Annie Russell Maunder, Charlotte Angas Scott, Mary Somerville, Anna Johnson Pell Wheeler, Caroline Herschel y Maria Mitchell; las germanas Maria Cunitz, Elisabetha Koopman Hevelius, María y Christine Kirch; las francesas Jeanne Dumée, Sophie Germain, Nicole Lepaute. Y científicas naturales y sociales más recientes ya no son relegadas al olvido, aunque algunas no sean reconocidas como merecen en primera instancia, debido a su sexo: Maria Goeppter Mayer, Sonya Vasilyevna Kovalevskaia, Lise Meitner, Emmy Noether, Gerta Ayrton, Virginia Apgar, Gerty Cori, Rachel Carson, Elisabeth Schiemann, Christiane Nüsslein-Volhard, Margaret Mead, Barbara McClintock, Rita Levi Montalcini están comenzando a ocupar su lugar en la historia y han sido merecedoras de artículos o biografías(15). También se ha estudiado el papel de las mujeres en el nacimiento y desarrollo de determinadas disciplinas o parcelas (como la botánica, la medicina o la programación), o se han examinado fenómenos valiosos para el desarrollo de la ciencia, como los salones científico-literarios, el mecenazgo, la divulgación científica, etc. En el caso de la tecnología, esa recuperación se ve muy dificultada por el ocultamiento sistemático de las mujeres que, en muchos casos, ha permitido la legislación sobre patentes, pero también por el hecho de que las historias de la tecnología han pasado, y pasan, por alto el ámbito de lo privado, es decir femenino, en el que se utilizaban y utilizan tecnologías propias de las tareas tradicionalmente determinadas por la división sexual del trabajo(16).

La imposibilidad de acceder a las instituciones educativas y científicas a lo largo de la historia y la escasa presencia de mujeres en la práctica científica, aún hoy, en que prácticamente ningún país, al menos occidental, admite discriminación por razón de sexo condujo a la pregunta por los mecanismos que lo habían provocado y aún hoy lo provocan. Así, sociólogas/os e historiadoras/es han llegado a diversas conclusiones. Por un lado, que las mujeres eran - son - admitidas prácticamente como iguales hasta que una actividad se institucionaliza y profesionaliza y que el papel de las mujeres en determinada actividad es inversamente proporcional al prestigio de esa actividad. Por otro, se han apreciado dos formas fundamentales de discriminación, la territorial y la jerárquica. Por la primera, las mujeres quedan relegadas a disciplinas y trabajos concretos, marcados por el sexo, como la clasificación y catalogación en historia natural o la computación de datos en astronomía. No es que haya mujeres concretas o individuales a las que no se les reconozca su valía, sino que esa falta de estatus y reconocimiento se extiende a tareas o campos completos, que están sumamente ‘feminizados’ y a los que se les atribuye menor valor, se los considera rutinarios o poco importantes, por el hecho de ser realizados por mujeres. Por ejemplo, Rossiter, basándose en el informa de 1956-58 American Science Manpower (que, a pesar del título, incluye mujeres), afirma que las mujeres tienden a “estar donde no está el dinero”(17). Schiebinger, por su parte, basándose en las estadísticas del Ministerio de Defensa estadounidense sobre financiación de I+D (Investigación y Desarrollo), muestra que la participación de las mujeres en un campo, es inversamente proporcional a la proporción de financiación militar. Cuál es la causa y cuál el efecto - o qué fue primero, si el huevo o la gallina - es difícil de decir.

Podría considerarse que, una vez que se ha logrado la igualdad social, y dadas las políticas coeducativas y de intervención seguidas en la mayoría de los países occidentales en las dos últimas décadas, ese problema está en vías de solución. La idea general ha sido que, dada la imposibilidad de que las mujeres se instruyeran en ciencia, no resultaba extraño que su número fuera escaso. La consecuencia lógica del acceso de las mujeres en igualdad de condiciones a los estudios sería un aumento espectacular en su participación Sin embargo, la participación de las mujeres haciendo ciencia y tecnología sigue siendo inferior a lo que podría esperarse, dada la masa crítica existente. En un reciente informe de la Unión Europea se muestra que, mientras la proporción de estudiantes hombres y mujeres es similar, e incluso superior a favor de las mujeres en algunas disciplinas, los hombres ocupan la gran mayoría de puestos de profesor de dedicación completa. Ese mismo informe indica que, incluso en los países de ésta donde la discriminación es menor (Finlandia, Francia y España), las mujeres representan sólo entre el 13 y el 18% de los full professors (profesores titulares) en las universidades. En Holanda, Alemania y Dinamarca, este porcentaje baja al 6,5%. Si pasamos a la posición de catedráticas o profesoras de investigación (su equivalente en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas), el porcentaje es aun más escandaloso: en España, sólo el 5%(18). A la discriminación por sexo hay que añadirle la variable edad. Como ha mostrado recientemente Paloma Alcalá(19), cuando las mujeres llegan al escalafón más alto han tardado una media de 16 a 20 años más que los varones y se aprovecha su acceso para introducir a los colegas que, de otro modo, jamás lo habrían conseguido.

En virtud de la denominada discriminación jerárquica, mujeres brillantes y capaces son mantenidas en los niveles inferiores del escalafón o topan con un 'techo de cristal' que no pueden traspasar en su profesión. Es decir, soportan forman encubiertas de discriminación que siguen pautas muy sutiles y, en muchos casos inconscientes y ocultas para quienes ejercen la discriminación: en 1997, la prestigiosa revista Nature publicó un estudio efectuado por dos investigadoras suecas que mostraba por qué era el doble de probable que un hombre consiguiera una beca posdoctoral a que la obtuviera una mujer, pues mostraron que los evaluadores conferían inadvertidamente a los hombres, sólo por el hecho de serlo, una ventaja equiparable al valor de 20 publicaciones científicas en revistas de prestigio. El estudio provocó tal número de comentarios y protestas que tuvo un efecto importante: se alteró la composición de los comités de evaluación de modo que incluyera más mujeres. Finalmente, se reconoce que las mujeres están excluidas de facto de las redes informales de comunicación, cruciales para el desarrollo de las ideas. Por ese y otros motivos, para conseguir incorporar y mantener a las mujeres en la ciencia y la tecnología no basta asegurar su preparación y tener una política de igualdad

Historias de personas como Maria Winkelman Kirch, quien nunca fue admitida en la Academia de Ciencias de Berlín, ni fue contratada como astrónoma, a pesar de actuar como tal para dicha institución; de Rosalin Franklin, la gran olvidada en la historia del descubrimiento de la estructura del ADN, pero sin cuyas radiofotografías, tal descubrimiento habría sido prácticamente imposible, el de la genetista Elisabeth Schiemann, de gran convicciones éticas y morales que la hicieron oponerse al régimen nazi y nunca logró un puesto acorde con sus cualificaciones, o el de Emmy Noether, tan injustamente tratada(20), sirven para recordar lo íntimamente que están ligadas las circunstancias públicas y privadas. Como muestran diversas las diversas autoras que se han ocupado de ellas y otras, si queremos entender cómo las cuestiones de género están conectadas con los patrones demográficos generales es necesario que nos demos cuenta de la importancia que tiene la historia ‘local’ de determinados campos científicos en un tempo y lugar concretos(21).

También se han analizado las divergentes carreras científicas entre hombres y mujeres desde una perspectiva psicosociológica al considerar que los factores socioculturales, educativos y psicológicos que pueden afectar los logros futuros de las niñas en ciencias son de gran importancia. En primer lugar, cabe plantearse si las mujeres llegan a la educación superior en igualdad de condiciones que los varones, dada la distinta socialización que experimentan. El diferente tipo de juguetes que se da a niños y niñas, puede dirigir sus capacidades: los de los niños tienden a desarrollar y subrayar la separación entre sujeto y objetos y su manipulación en el espacio, mientras que los de las niñas desarrollan habilidades verbales y relaciones personales. En segundo, los estereotipos sexuales, presentes en nuestras vidas desde el momento en que nacemos, asocian a los varones con características tales como las de racionalidad, dominación, independencia, frialdad y objetividad, mientras las mujeres se asocian con la irracionalidad, pasividad, dependencia, ternura, emotividad y subjetividad. Se piensa que estas características son ‘femeninas’ y opuestas a las ‘masculinas’, a las vez que se les asigna menos valor, pues se las considera un obstáculo para la prosecución de una carrera científica, ya que las cualidades necesarias para hacer ciencia son las ‘masculinas’. Finalmente, no es de extrañar que, dado lo anterior, muchas mujeres opten por la vida privada en vez de seguir una carrera científica. Sin embargo, si se tratara de mera elección personal, ante igual estatus familiar debería haber igual progreso en sus carreras; quienes opten , en cambio, por la vida familiar deberían producir menos que los que no y, ante igual cantidad y calidad de trabajo investigador, publicaciones, etc., hombres y mujeres deberían alcanzar igual posición en la carrera científica. Sin embargo, los pocos estudios que hay al respecto, muestran lo contrario(22).

Las cuestiones de acceso y equidad son fundamentales para comprender la naturaleza no sólo del conocimiento que se produce, sino, además, del que se considera conocimiento autorizado o ‘certificado’. ¿Cómo afecta el género a nuestra idea sobre lo que consideramos conocimiento científico y tecnológico? ¿Es posible que determinados estereotipos como los mencionados antes, pares dicotómicos jerárquicos, etc. dirijan nuestra investigación o afecten a lo que consideramos ‘buena ciencia’? ¿Por qué un submarino se considera un gran logro tecnológico pero no así un biberón o un pañal desechable? En general, las críticas feministas a la ciencia no constituyen una unidad excepto en dos aspectos: consideran que la categoría de género es fundamental a la hora de hacer ciencia y analizarla, por un lado, y en el carácter político, no sólo epistemológico, de esas críticas. Por eso, la pregunta ‘¿de qué conocimiento estamos hablando?” se convierte en la pregunta fundamental.

Podemos distinguir entre las críticas a las diversas teorías tecno-científicas o aspectos de ellas, sus sesgos y valores, por un lado y las críticas a la ciencia en general, por otro. Por lo que se refiere a las primeras, las efectuadas a las ciencias biosociales han sido espectaculares, ya que desempeñan un papel crucial en el mantenimiento de la organización 'genérica' de la sociedad. Las críticas se han encargado de sacar a la luz la utilización de argumentos falaces, la existencia de fallos en el diseño experimental y de supuestos basados en datos experimentales limitados que en múltiples ocasiones se han convertido en ‘leyes de carácter universal´, extrapolaciones insostenibles, manipulaciones tecnológicas y la obtención de resultados contradictorios con respecto ciertas hipótesis, etc. La sociobiología se ha convertido en un ejemplo paradigmático en muchos de esos aspectos, a los que se añade la acusación de circularidad de los argumentos utilizados: se parte del comportamiento social de determinadas especies para explicar precisamente dicho comportamiento, a la par que se utilizan el lenguaje y los marcos conceptuales humanos para interpretar el comportamiento animal que luego se utiliza para 'probar' que cierta conducta humana está biológicamente determinada porque los animales la tienen. Por último, la pertinencia de extrapolar de unas especies a otras, en concreto a la humana, dada la complejidad de nuestra especie, conformada durante siglos por factores socioculturales además de biológicos, ha sido otro de los muchos aspectos criticados(23).

No obstante, éstas no son las únicas críticas que las/los teóricas/os feministas han efectuado a distintas teorías. Ciertas tesis sobre el desarrollo, la conducta, o la cognición, desde la endocrinología o la neurología han sido o son también objeto de análisis critico. Por lo general, y además de deficiencias metodológicas del tipo de las indicadas en el caso de la sociobiología, se critica el paso de los supuestos hechos probados a tesis sobre el puesto de las mujeres en la sociedad que pretenden perpetuar el estatus de dominación y subordinación de las mujeres. Resumiendo, todas las críticas coinciden en señalar cómo histórica y actualmente se pretende inferir de supuestas observaciones de 'hechos ‘biológicos’ (craneales, cerebrales, hormonales, etc.) diferencias intelectuales y sociopolíticas. En general han subrayado que los argumentos biológicamente deterministas conducen a políticas conservadoras justificadoras del orden social existente y que, en casos extremos, puede llevar a intervenciones biológico-médicas, cuyo control escapa, en la mayoría de las ocasiones, a sus usuarios/as.

Esas y otras críticas a teorías concretas(24) han llevado a replantear la idea de que el conocimiento en general, y el científico en particular, se caracteriza por su objetividad, por su neutralidad, porque sus contenidos carecen de valores. Tradicionalmente se ha afirmado que el método científico se distingue precisamente por la búsqueda desinteresada de la verdad mediante la formulación de hipótesis que son contrastadas después mediante técnicas muy elaboradas (experimentación y repetición de experimentos controlados, uso de técnicas cuantitativas sofisticadas, crítica por parte de la comunidad científica); el hecho de que esas hipótesis sean sometidas a muy diferentes y numerosas pruebas hace que el producto final obtenido, el conocimiento científico, se considere libre de errores, que se introducirían en él si no se dejaran fuera de su ámbito factores tales como los sentimientos, los compromisos políticos o las preferencias estéticas. Cuando se afirma que la ciencia está libre de valores se afirma que los valores contextuales y los valores constitutivos o internos, son distintos e independientes entre sí, a la vez que se mantiene que los valores contextuales no desempeñan ningún papel en el funcionamiento interno de la investigación, esto es, en la observación, experimentación, y en los razonamientos que permiten justificar una hipótesis o una teoría. Pero, a no ser que se adopte el ‘punto de vista de Dios’, es difícil aceptar que lo que sucedió en el pasado, no se volverá a repetir en el futuro y que lo que hoy es ‘ciencia buena’, conocimiento autorizado o certificado no vaya nunca a dejar de serlo.

Así, las críticas a teorías concretas que tienen que ver con el género y las mujeres y a los procedimientos empleados para llegar a ellas han servido d base para cuestionar una ciencia neutra y libre de valores, así como la naturaleza misma del conocimiento y el poder que éste crea. Esas críticas, aun teniendo como eje común su compromiso feminista, no constituyen un todo homogéneo. Por un lado, las empiristas feministas o empiristas ingenuas mantienen que los sesgos sexistaso androcéntricos de las teorías científicas se deben a que constituyen lo que se denomina ‘mala ciencia’, pero que si se sigue el verdadero ‘método científico’ desaparecerán. Por su parte, las defensoras de la epistemología ‘psicodinámica’ defienden la diferencia entre una ciencia hecha por hombres y otra hecha por mujeres, dado el diferente aprendizaje que siguen unas y otras desde la niñez. Las feministas del punto de vista, de orígen marxista, mantienen el carácter socialmente situado del conocimiento: como las mujeres estás situadas en la periferia o márgenes y puesto que el mundo está dominado por los varones, aquéllas pueden ver lo que a ellos se les escapa desde su posición privilegiada; así, la objetividad emanada del punto de vista feminista sería más fuerte o global que la objetividad tradicional, parcial. El empirismo contextual, por su parte, define la noción de objetividad a partir de un sujeto múltiple - la comunidad, en este caso, científica - no del individuo (sea este el sujeto asexuado y no condicionado del cartesianismo o el privilegiado del feminismo del punto de vista. Finalmente, la epistemología feminista postmodernista mantienen que la ciencia es el resultado de una negociación, no una empresa cuyo obejetivo o fin es la búsqueda de la verdad. Clarto que ese relativismo al que se ve abocado está en franca y plena contradicción con el compromiso político de todo feminismo.

En efecto, todas diversas posturas feministas en epistemologías han sido objeto de diversas críticas (25) y desde diversas perspectivas.Por otro lado, sus análisis y propuestas tienen muchos puntos de coincidencia con diversas corrientes en filosofía y sociología de la ciencia y con diversos movimientos sociales (antinucleares, medioambientales, pacifistas...), aunque mantienen ciertas diferencias. De cualquier modo, un aspecto clave y un problema fundamental es si es posible disponer de una teoría de la investigación científica que ponga de manifiesto los aspectos ideológicos de la construcción del conocimiento ofreciendo a la vez criterios que permitan evaluar y decidir entre diversas teorías científicas y programas de investigación. Dichos criterios deberían tener en cuenta de un modo especial el papel del género y la ideología de género, de modo que pudiéramos discriminar teorías o prácticas sesgadas como ‘mala ciencia’. El género se convertiría, de este modo, en un criterio de evaluación como otros de los muchos propuestos(26) a la par que en un criterio de demarcación de una fecundidad insospechada. Seguramente ula ilusión pero que tendría el poder de poner a nuestra disposición una ciencia y tecnología de y para todos y todas.

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Notas
(1) Este trabajo ha sido posible, en parte, gracias a la financiación del MEC, a través del proyecto de investigación PB98-0495-C08-02. Aunque he tratado estas cuestiones en otros sitios, el contenido de éste debe mucho a las discusiones habidas con las participantes del curso “Las mujeres en el siglo XX: ciencia y cultura”, que dirigí en la Universidad Complutense de Madrid en 1999. Pero quiero dar las gracias especialmente a Paloma Alcalá, Victoria Camps, Marta González, Arantxa Martín Santos, Marina Subirats, Amelia Valcárcel y Teresa López de la Vieja. Ésta última me brindó la posibilidad de exponer estas ideas en otro foro, al invitarme a participar en este curso del que guardo un grato recuerdo.

(2)Es importante distinguir, en primer lugar, entre sexo y género, conceptos que se utilizan para diferenciar las características biológicas de los seres humanos de las que son social, cultural e históricamente aprendidos. Aunque hasta los años sesenta la mayor parte de los estudiosos utilizaron de forma indistinta los términos sexo y género, Robert Stoller y Anne Oakley introdujeron, de manera independiente, la siguiente distinción: sexo refiere a características biofisiológicas como cromosomas, genitales externos, gónadas, estados hormonales, etc.; género, en cambio, refiere a pautas de comportamiento, social y culturalmente específicas, ya sean reales o normativas. El problema estriba en que tradicionalmente se ha considerado que la mujer era biogenéticamente incapaz para ciertas funciones - como el estudio o la ciencia - al considerar que pautas o costumbres socioculturales eran genéticas.

(3) Hablo expresamente de conocimiento, porque el término científico es muy reciente, del siglo XIX. Hasta entonces, la mayoría de lo que hoy llamamos ‘ciencia’ caía bajo la denominación de filosofía natural.

(4) Toni Domenech, en un trabajo reciente, publicado en La balsa de la medusa, mantiene que Okham es el primer filósofo cristiano que se plantea y “discute con ambición de ecuanimidad la posibilidad de dar alguna voz a las mujeres en asuntos de pública relevancia” en un contexto en que discute y mantiene que la soberanía sobre la institución de la Iglesia no la tiene el Papa, ni la Curia, sino la asamblea de fieles. Eso supondría concederles algún tipo de ‘pensamiento racional’ y ciertos conocimientos o educación.

(5) Véase Phillips (1990), Pérez Sedeño (1992) y Schiebinger (1989).

(6) Op. Cit. 2:271.

(7)Jane Anger, Her protection for Woman, texto recogido en Ferguson, M. (Ed.) 1985, págs. 58-73

(8) Texto reproducido en Ferguson, M. (Ed.) 1985, págs. 74-80.

(9) Citada en Barbeito Carneiro, 1992, pág. 17.

(10) Ibídem, pág. 15.

(11) La literatura sobre los aspectos educativos en querelle des femmes es inmensa, pero, véase, por ejemplo, G. Reynier, La femme au XVIIe Siècle, Tallandier, 1929 y P. Darmon, Mythologie de la femme dans l’Ancienne France, Ed. Du Seuil, 1983 o P. Phillips, 1990.

(12) Por supuesto, estas no fueron las únicas. En otras partes me he ocupado de otras de este y otros períodos. Véase, por ejemplo, Pérez Sedeño (1998).

(13) Publicado en Londres, en 1696, fue reimpreso en Nueva York en 1970 por Source Book Press.

(14) Prueba de ello es el pequeño número de alumnas en las escuelas de ingeniería y, no digamos ya, ejerciendo como ingenieras. Aunque el número de aquellas ha aumentado ligeramente, las cifras son impresionantes: en España no superan el 20 %. Para un estudio comparativo, véase Pérez Sedeño (1995a) y (1995b).

(15)Véase, por ejemplo, Alic (1986), Ogilivie (1986), Noble (1992), Pérez Sedeño (1994), Veglahn (1991), Oreskes (1997).

(16) Chritine de Pisan ya se dio cuenta de ello. En La ciudad de las damas mantiene que las ‘artes’ desarrolladas por las mujeres, como la agricultura o el tejido habían contribuido mucho más al desarrollo de la humanidad que las de los hombres, fundamentalmente bélicas. Sobre la redefinición de la tecnología gracias al feminismo véase, por ejemplo, Wajcman (1991) y Pérez Sedeño (1998).

(17)Rossiter (1997).

(18) Véase Pérez Sedeño (1995a) y (1995b). Aunque los datos que ahí aparecen son de 1993, el porcentaje apenas ha variado e, incluso hay áreas de conocimiento en nuestro país donde no hay ninguna catedrática, ni ninguna emérita. Con respecto a los puestos de responsabilidad, basta saber que sólo hay una rectora en todo nuestro país.

(19) En el reciente seminario “El sexo de la Ciencia” celebrado en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad del País Vasco, San Sebastián, 1 y 2 de marzo de 2000.

(20) Estas son unas pocas, pero la lista sería interminable. Sobre María Winkelman véase, por ejemplo, Schiebinger (1989), Roldán (1993); sobre Franklin, Sayre (1977); sobre Schiemann y Meitner, véase Scheich (1997), aunque la bibliografía sobre ésta última es muy abundante. Sobre Noether, Dick (1981) y Weil (1935).

(21) Rossiter (1982), (1995) y (1997).

(22) Véase Sonnert y Holton (1995), Pérez Sedeño (1996) y (1997).

(23) La bibliografía al respecto es enorme: Por ejemplo, Bleier, 1979 y 1984, Caplan [1978), Fausto-Sterling (1985), S. Jay Gould (1981), Jordanova (1990), Hubbard (1990), (1992), Lewontin et al. (1984), Laqueur (1990), Longino (1990) cap. 6 y 7, Longino y Doell (1983), Pérez Sedeño (1997b), (1998b), (1999), Ruse (1980), Sayers (1982), Schiebinger (1989), (1993) o Tuana (1989), (1993).

(24) Para un panorama de esa críticas, véase, por ejemplo González García, M. y Pérez Sedeño, E. (2000)

(25) Véase, por ejemplo, González García y Pérez Sedeño (2000), Pérez Sedeño (1996) y (2000)

(26) Kuhn (1977), Longino(1996), (1999) y Pérez Sedeño (1999).

Tomado de http://www.oei.es/salactsi/sedeno2.htm


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lunes, 26 de febrero de 2007

El Poder, según Foucault

Foucault trata principalmente el tema del poder, rompiendo con las concepciones clásicas de este término. Para él, el poder no puede ser localizado en una institución, o en el Estado, por lo tanto, la "toma de poder" planteada por los marxistas no sería posible. El poder no es considerado como algo que el individuo cede al soberano (concepción contractual jurídico-política), sino que es una relación de fuerzas, una situación estratégica en una sociedad determinada. Por lo tanto, el poder, al ser relación, está en todas partes, el sujeto está atravesado por relaciones de poder, no puede ser considerado independientemente de ellas. El poder, para Foucault, no sólo reprime, sino que también produce: produce efectos de verdad, produce saber.

Michel Foucault señala el surgimiento de un biopoder que absorbe el antiguo derecho de vida y muerte que el soberano detentaba y que pretende convertir la vida en objeto administrable por parte del poder. En este sentido, la vida regulada debe ser protegida, diversificada y expandida. Su reverso, y en cierto sentido su efecto, es que para tales efectos es necesario justamente contar con la muerte, ya sea en la forma de la pena capital, la represión política, la eugenesia, el genocidio, etc, como una posibilidad que se ejerce sobre la vida por parte del poder que se fundamenta en su cuidado. Foucault distingue dos técnicas de biopoder que surgen en los siglos XVII y XVIII; la primera de ella es la anatomopolítica que se caracteriza por ser una tecnología individualizante del poder, basada en el escrutar en los individuos, sus comportamientos y su cuerpo con el fin de anatomizarlos, es decir, producir cuerpos dóciles y fragmentados. Está basada en la disciplina como instrumento de control del cuerpo social penetrando en el hasta llegar hasta sus átomos; los individuos particulares. Vigilancia, control, intensificación del rendimiento, multiplicación de capacidades, emplazamiento, utilidad, etc. Todas estas categorías aplicadas al individuo concreto constituyen una disciplina anatomopolítica.
El segundo grupo de técnicas de poder es la biopolítica que tiene como objeto a poblaciones humanas, grupos de seres vivos regidos por procesos y leyes biológicas. Esta entidad biológica posee tasas conmensurables de natalidad, mortalidad, morbilidad, movilidad en los territorios, etc, que pueden usarse para controlarla en la dirección que se desee. De este modo, según la perspectiva foucaultiana, el poder se torna materialista y menos jurídico, ya que ahora debe tratar respectivamente, a través de las técnicas señaladas, con el cuerpo y la vida, el individuo y la especie. Cabe agregar que el punto de articulación entre ambas técnicas radica en el control del sexo como mecanismo de producción disciplinal del cuerpo y las regulaciones de poblaciones. Para el autor el desarrollo del biopoder y sus técnicas constituyen una verdadera revolución en la historia de la especie humana, ya que la vida esta completamente invadida y gestionada por el poder y fue fundamental para la expansión del capitalismo al crear los instrumentos para la inserción “controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos” que generó una expansión inaudita de la acumulación de capital. Aun más, lo inédito es que lo biológico se refleja en lo político, produciendo que la existencia vital entre de lleno en la modernidad, ya que los humanos, en función del poder que los rige, se juegan la vida en la política. Los efectos del biopoder hicieron que las sociedades se volvieran normalizadoras usando como pretexto la ley, y las resistencias a dicho poder entraron al campo de batalla que éste delimitó previamente, ya que se centraron justamente al derecho a la vida, al cuerpo desplazando a otros objetos de luchas.

En el plano de la subjetivación la modernidad se sirvió del poder pastoral. Dicho concepto hace referencia a cómo el estado moderno integró en sí una antigua forma de poder creada por las instituciones cristianas. Éstas se relacionan con los individuos y la comunidad de forma pastoral, es decir, se preocupa de todos y cada uno por separado(en una relación individual como en la confesión y el circuito de los sacramentos) durante toda su vida, para asegurar su salvación en el más allá, en oposición al poder político que es inmanente. Dicho poder se ejerce explorando y guiando las almas y conciencias de los individuos produciendo una verdad de sí.
El estado moderno subsumió algunas de estas características creando una matriz de individualización, que pretende que esta salvación del individuo se convierta en un aseguramiento de su vida cotidiana frente a la incertidumbres de la reproducción material de la vida. Las funciones pastorales fueron asumidas por diversos funcionarios e instituciones del estado; policías, maestros, médicos, psiquiatras, etc, y por el tejido social mismo, particularmente la familia. El resultado es la producción deliberada de una forma de subjetividad. La sociedad en su conjunto fue movilizada por el estado y sus instituciones para asumir las tareas pastorales, que son, en definitiva, relaciones de poder que lejos de competir entre ellas, provocan una sinergia eficiente gracias a una adecuada delimitación por parte de las instituciones y las disciplinas en su penetración de los individuos.

Tomado de http://es.wikipedia.org/wiki/Michel_Foucault

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lunes, 19 de febrero de 2007

Sobre Empoderamiento

El empoderamiento es el proceso en el que los sujetos desposeídos, dependientes, inferiorizados, discriminados, excluidos, marginados, oprimidos, como las mujeres, adquieren, desarrollan, acumulan y ejercen habilidades, formas de expresión, destrezas, tecnologías y sabidurías de signo positivo, necesarias para generar o incrementar su autonomía y su independencia.

A través de acciones de muy diversa índole, los sujetos oprimidos se empoderan, es decir, crean, reúnen y practican poderes no opresivos de los que carecían, para reducir e ir eliminando las posibilidades de que sus opresores sigan controlando sus vidas, subordinándolos, oprimiéndolos.

El empoderamiento consiste en la adquisición y el ejercicio de esas habilidades y poderes afirmativos no encaminados al dominio ni a la expropiación. Supone la modificación de las situaciones genéricas de los sujetos, se encamina hacia la transformación de las condiciones de jerarquización en las relaciones e implica el mejoramiento de la calidad de la vida y la construcción del bienvivir en la democracia genérica, cotidiana y vital.

Quienes ostentan los poderes del dominio no se empoderan: el empoderamiento es la resistencia ante esos poderes y el propósito de eliminarlos de la vida social. Quienes por su condición o por su situación genérica ejercen el dominio patriarcal, frecuentemente lo desarrollan e incrementan para reforzar y aumentar sus privilegios y sus posibilidades reales de control, dirección, expropiación, subordinación y opresión de otros. El empoderamiento de los oprimidos es la vía principal para resistir a ese dominio, para combatirlo y eliminarlo.

Este fragmento lo encontré fotocopiado por ahí, pero desconozco al autor-autora. Pero me parece una buena definición, por eso me animé a ponerlo. Si alguien sabe de quién es, pásenme la bibliografía.

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miércoles, 14 de febrero de 2007

domingo, 11 de febrero de 2007

Paridad en la Toma de Decisiones

Foto: www.ispm.org.ar

Las Mujeres y el Poder

Si se define el poder como la capacidad y poder de decisión para realizar acciones o hacer que otras personas las cumplan, es decir, la capacidad de llevar adelante proyectos y planes en relación a los demás, es evidente que aún las mujeres no alcanzaron este lugar en la sociedad y continúan relegadas de la toma de decisiones. Todavía sigue vigente el mito del aparente desinterés de las mujeres por el poder público: el paradigma femenino del poder sería el poder "oculto", un poder ejercido entre bambalinas para lograr que los hombres satisfagan sus deseos. Este mito es un instrumento para mantener a las mujeres en el lugar de sometimiento. La política aparece como asunto del hombre fuerte, activo, emprendedor mientras que a la mujer la siguen caracterizando por las virtudes de la indefensión: la fragilidad, la ternura, la sensibilidad exacerbada.

El problema reside en cómo accede la mujer al espacio público. El aparente desinterés de las mujeres por la política no explica la ausencia de ellas en lugares de decisión. La caracterización de la política como una esfera masculina es la principal barrera para la incorporación de las mujeres a sus actividades y organizaciones. Para entender la especificidad de la participación política femenina hay que partir de la división sexual del trabajo y sus consecuencias al delimitar un ámbito público propio de los hombres y un mundo privado femenino.

La división entre lo privado y lo público articula las sociedades jerarquizando los espacios: el espacio que se adjudica al hombre y el que se adjudica a la mujer. Cuando una actividad se valora, se hace pública, tiende a masculinizarse y a hacerse reconocer. Y esto está relacionado con el poder. El poder tiene que ser repartido, debe constituir un pacto, una red en la que se distribuyen espacios de poder entre individualidades. El espacio público es el espacio de los sujetos del contrato social, el espacio de los iguales. En cambio, el espacio privado es el espacio de la indiscernibilidad, el espacio de las idénticas.

Las mujeres tienen derecho a su parcela de poder y esto ya es revolucionario sin tener que asegurar a nadie que son la esencia de la paz o que son más buenas. La filósofa española Amelia Valcárcel se refiere a esto como el "derecho al mal" y es una propuesta muy provocativa contra los discursos moralizadores. Cuando se asocia el poder a la corrupción, la mujer aparece en este discurso como la no corrompida, entonces, por qué ensuciarse. La española Celia Amorós (Ver Bibliografía) reconoce la corrupción del poder pero esto no se elude con la no participación, con el no poder, sino que con la ocupación del espacio público como ciudadanas: "Reivindicar para la mujer la capacidad de pacto es lo más revolucionario que se puede reivindicar, porque la mujer siempre ha sido el objeto en el pacto patriarcal entre los varones -objeto de intercambio, mediadora del guiño simbólico entre varones-. En este pacto ellos se colocan como sujetos".

Universalizar el acceso al poder transforma las relaciones poder. Pero la democracia representativa no produce por ella misma la representación de una sociedad de individuos. Las acciones positivas en los lugares de decisión son las permiten avanzar hacia esa universalidad.

La doctrina de la igualdad formal no puede garantizar la igualdad real, dado que la realidad nos demuestra que las personas no están similarmente situadas. Las acciones positivas se basan en reconocer que, algunas veces, resulta necesario proveer a determinados grupos con instrumentos desiguales a los efectos de garantizar una igualdad real de oportunidades y de trato. Esto es especialmente relevante a los efectos de evaluar la legitimidad del sistema de cupos para mujeres en un contexto donde la discriminación de género y la jerarquía social son norma. A los efectos de erradicar desigualdades socialmente causadas, puede ser necesaria la adopción de programas reparadores para los grupos discriminados o en desventaja.

Marcela Rodríguez (En Mafia y Kuschnir, comp.,Ver Bibliografía) explica la justificación de las acciones positivas según distinto tipo de fundamentos: justicia compensatoria, justicia distributiva y utilidad social. Según la justicia compensatoria, las injurias pasadas originan un derecho a la reparación para quienes la han sufrido para restablecer la situación de igualdad que existía o que debía haber existido. Para la justicia distributiva, un individuo está autorizado a recibir los beneficios de un programa de acción positiva no porque la sociedad reconozca injusticias pasadas sino porque merece una porción mayor de los recursos de la comunidad. Por último, el sistema de cuotas proporciona un mayor grado de utilidad social, es decir, maximiza el bienestar de la sociedad en su conjunto en la medida que más intereses son representados. En conclusión, para Rodríguez "el sistema de cuotas en los partidos políticos es un mecanismo por el cual la sociedad podría cumplir su obligación de proveer de los instrumentos adecuados para que las mujeres puedan acceder al proceso político en una real condición de igualdad".

En los partidos políticos se da una división sexual entre militancia y toma de decisiones, es decir, que si bien las mujeres se integraron a la política no por ello lograron compartir el poder, debido a factores inherentes al funcionamiento de las instituciones. Aún sigue vigente una cultura política, un código de conducta masculino en los partidos políticos, que discrimina a las mujeres: horarios incompatibles con la vida familiar, mecanismos de competencia, agresividad, prejuicios, todos factores que las llevan a ocupar un lugar marginal desde el cual sólo se les delega la realización de tareas asistenciales, de tipo inmediato y cotidiano, y se las excluye de la planificación a largo plazo y de la negociación.

Para que las mujeres accedan al poder político no basta con la militancia sino que hay que acceder a "un savoir fair político", a un "know how", formado por conocimientos, aptitudes, habilidades, actitudes y prácticas de liderazgo político que podrían facilitar el acceso a espacios de conducción política, de los cuales tradicionalmente las mujeres han estado apartadas.

Suele plantearse un dilema entre un hacer política diferente de las mujeres frente a las exigencias reales del poder y por ende, se escucha con frecuencia que las mujeres se alejan de los partidos porque no soportan la tensión. Este es uno de los mayores conflictos por los que pasan las mujeres que buscan la participación política: asumir que los masculinos espacios de poder no son para las mujeres o masculinizarse para llegar a ellos.

Pero el cambio de situación que permita a las mujeres participar en los niveles de decisión no se relaciona ni con su participación cuantitativa ni con sus esfuerzos realizados en los partidos políticos. Su marginación es la consecuencia de la vigencia de una concepción hegemónica a partir de la cual las mujeres y sus modalidades participativas, que difieren de los estándares dominantes, son desvalorizados. El incremento de su poder como grupo dependerá de su capacidad para desarrollar pactos y alianzas entre sí, del reconocimiento y aceptación de sus diferencias y de sus posibilidades de transformar su accionar político en hechos políticos.

Si bien la cantidad no garantiza el salto a la calidad, una minoría numerosa puede constituir una masa crítica importante que fortalezca la exigencia de ampliación de la presencia femenina en las instituciones políticas. Tratar iguales a desiguales no genera igualdad sino que ahonda las diferencias por eso es necesaria la discriminación positiva.

"Las mujeres cambian la política, no a causa de su sexo biológico, sino a causa de una larga historia, la de la reproducción. Quieren trabajar. Pero también quieren hijos: a escala de la historia, el control de las mujeres sobre su fecundidad aparecerá sin duda como una de las mayores rupturas. Los hombres se resisten, en todo caso en el medio político, a la intrusión de las mujeres, si no es en dosis pequeñas. Ellas no hacen sino perturbar la cultura del club, en la cual las picardías se tornan indecentes. Traen consigo cuestiones molestas", concluyen Bataille y Gaspard (Ver Bibliografía).

Entonces, ¿qué significa ser diputada mujer, gobernadora mujer?. No significa hablar en nombre de las mujeres, que son muchas y como tales no pueden ser representadas, sino hacer visible la diferencia sexual, pero no una diferencia que tome a lo masculino como referente positivo, sino desde las mismas mujeres. "Descubrirnos carentes de valor social es el primer paso para empezar a construirnos como seres valiosos: hay que pasar de la conciencia de la debilidad a la fuerza social", dice Marta Lamas (Revista Debate feminista. Ver Bibliografía).

Tomado del Instituto Social y Político de la Mujer, de Argentina http://www.ispm.org.ar/paridad/poder.html

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sábado, 10 de febrero de 2007

Las Mujeres Queremos el Poder

América Latina

¿Cómo puede nacer y desarrollarse un liderazgo femenino?
¿Qué obstáculos enfrenta? ¿Qué caracteriza a las lideresas? ¿Y qué le pueden
aportar a la democracia los liderazgos, diferentes y entrañables, de las
mujeres?


Marcela Lagarde

Hasta el siglo XIX, las mujeres participaban en los procesos sociales siendo parte de comunidades, de pueblos o de grupos. No había una participación específica de las mujeres separadas ni de sus comunidades ni de los hombres. Es en el siglo XX cuando los liderazgos de las mujeres van emergiendo en los grupos sociales y en los movimientos sociales con un perfil y un papel propios. Hoy, en toda América Latina existe ya una gran cantidad de mujeres lideresas, y se puede hablar de una tradición importante de liderazgos de mujeres.

Aunque la sociedad se impacta profundamente con los liderazgos de las mujeres y con los movimientos lidereados por mujeres, todavía son muchas las personas que se asombran de que las mujeres participen en los procesos políticos, quienes consideran a las mujeres ajenas a la política, y quienes valoran equivocadamente la presencia de las mujeres en los movimientos sociales y políticos considerando que con su sola presencia ya existe igualdad.

Para reflexionar sobre el perfil de las lideresas hay que partir de una contradicción: la dificultad que existe aún para encontrar semejanzas entre mujeres diferentes. A través de la cultura, la sociedad refuerza las diferencias entre las mujeres y las coloca como obstáculos para que las mujeres no se identifiquen como entre ellas como semejantes. Esta contradicción marca toda nuestra acción y nuestra participación. Cada una es la que debe ser, pero ese ser le es presentado como un obstáculo para mirar a las otras. Para trabajar los liderazgos de las mujeres tenemos que trabajar profundamente la identidad de cada una de ellas. Cada mujer que pretende liderear un proceso necesita re-elaborar su propia experiencia subjetiva. La clave feminista es: todas, sin excepción, comenzando por nosotras mismas, necesitamos enfrentar quiénes somos, qué queremos y hacia dónde vamos, porque quien no se ha mirado a sí misma tampoco puede mirar a las otras. Esta es una clave fundamental. Las mujeres que no provienen de una cultura feminista han aprendido a la inversa: sin mirarse tratan de mirar a las otras. Esto no funciona. No puede haber liderazgos femeninos entrañables y de nuevo tipo si primero no hay autoconciencia.

Semejantes por sexo y por género
La semejanza fundamental entre todas las mujeres del mundo es la semejanza sexual. Y es sobre esa semejanza que la cultura y la sociedad han montado un conjunto de deberes, responsabilidades y prohibiciones atribuidas a las mujeres como si emanaran de su sexo. Esto es el género: el conjunto de atribuciones simbólicas asignadas al sexo. En la teoría y en la perspectiva de género sabemos que esas atribuciones son construcciones sociales, que todo eso lo aprendimos, que ha sido normado y formado social y culturalmente. Por eso, no sólo nos hace semejantes nuestro sexo sino también nuestro género. Y el género es la clave política para las mujeres de todo el mundo.

La semejanza política está en la historia de opresión contra las mujeres. Nos hace semejantes compartir una historia compleja, en la cual, por el simple hecho de ser mujeres, vivimos formas de opresión económica, social, cultural, jurídica, política, sexual. Es esto lo que hace semejantes a las mujeres de todo el mundo, aunque todas lo hayamos vivido de distintas formas, con especificidades nacionales, regionales, locales, grupales. A todas se nos ha considerado seres inferiores y se nos ha colocado en un rango de inferioridad social, no solamente ideológica. No se trata sólo de creencias o de mitos, se trata de condiciones sociales, económicas y políticas realmente inferiores.

También somos semejantes por padecer formas de discriminación específicas. Discriminación quiere decir trato desigual e implica haber recibido maltrato por ser mujer, aunque haya sido un maltrato cortés y galante. Porque el maltrato se expresa de muchas formas. Y al maltratarnos como seres inferiores, nos han excluido de muchos espacios, especialmente de aquellos que socialmente colocan a las personas en condiciones para acceder a recursos y hasta de los espacios donde se toman las decisiones sobre nuestras vidas. En la semejanza de género política uno de los elementos más importantes es la pobreza de género, una condición económica de las mujeres en todo el mundo, aun de aquellas que pertenecen a clases sociales altas. Cuando analizamos la sociedad sin una perspectiva de género sólo vemos la pobreza de clase, solamente relacionamos la pobreza económica con la clase social, pero no relacionamos la pobreza con el género. Y necesitamos identificar el rasgo económico de pobreza de género que afecta a las mujeres de todas las clases sociales. Por género, hasta las ricas son pobres.

Igualdad legal y desigualdad real
Existe otra gran contradicción. Somos mujeres del siglo XX y, por esto, estamos enmarcadas en la cultura de la modernidad. Y esa cultura tiene un supuesto político: la igualdad. Pero la igualdad enunciada o normada no se corresponde necesariamente con los procesos de igualdad social ni con los procesos personales. En la modernidad, la sociedad ha cabalgado entre la norma de la igualdad y la desigualdad legitimada. En América Latina la desigualdad entre los géneros es parte de la identidad nacional de nuestras culturas políticas. Por esto, la contradicción que marca y define la participación social y política de las mujeres del siglo XX -y también de las del siglo XIX y de las de la segunda mitad del siglo XVIII en los países de la modernidad-, es esa contradicción entre la igualdad supuesta y la desigualdad real. No hay igualdad, pero suponemos que la hay, como si fuera un principio vigente, consignado incluso jurídicamente en las Constituciones de algunos países.

Existe una permanente confusión ideológica entre desigualdad y diferencia. En las visiones hegemónicas que prevalecen en nuestras sociedades existe un juego cultural e ideológico -a veces perverso- que busca hacer creer que la diferencia es positiva por sí misma. Conectan este ideograma con la creencia de que la desigualdad está asociada a la diferencia. Y concluyen que hacer desaparecer las desigualdades sería arrasar con una diferencia valiosísima. En la cultura se ha asentado el supuesto de que diferencia y desigualdad son connaturales, conceptos articulados e imprescindibles uno con el otro. Este supuesto ha marcado la participación política de las mujeres en la modernidad.

Democracia genérica: aporte del feminismo
Los conceptos democracia y desarrollo forman parte de la modernidad. Sin embargo, en la mayoría de los países, aunque las mujeres hayan participado social y políticamente, la democracia y el desarrollo no han sido pensados ni formulados para abarcarlas como sujetas de la historia. Las democracias han sido concebidas por los hombres, aunque las mujeres hayamos luchado por ellas. Y el desarrollo ha sido una clave de horizonte y de futuro pensado por los hombres para categorías sociales que no contemplan a las mujeres. La democracia y el desarrollo son pensados para categorías como el pueblo, la clase social, la nación, la sociedad, los grupos. Y es hasta muy recientemente que las mujeres nos hemos apropiado de ambos conceptos y los planteamos desde el género formulando propuestas de democracia genérica.

La democracia genérica es una revisión crítica de las concepciones modernas sobre la democracia. Se basa en el planteamiento de que la democracia moderna no contempla la inclusión de las mujeres como protagonistas. Y por eso, propone construir otro tipo de relaciones democráticas y otro modelo democrático, que no solamente incluya a las mujeres, sino que -más complejo aún-, modifique el posicionamiento de los hombres para que se establezcan relaciones democráticas entre los géneros.

Este es el paradigma desde el cual podemos analizar la participación social y política de las mujeres. Y si desde él lo analizamos, reconoceremos que las mujeres hemos participado siempre desde la marginalidad democrática, desde la periferia de la democracia, o desde los no lugares, como diría el antropólogo Mark Auge. Las mujeres y cualquier otro grupo excluido sabemos lo que es estar en un no lugar, pretendiendo participar, lo que es participar como si estuviésemos dentro pero en realidad estando fuera. La democracia genérica es un aporte del feminismo, es una crítica a la democracia patriarcal y al mismo tiempo, es la construcción de una alternativa paradigmática que se articula con ese concepto de la modernidad que es el desarrollo.

Creadoras de vida y de cultura
El concepto de desarrollo, además de haber sido pensado sobre la base de criterios discriminatorios de género, también ha sido pensado con criterios racistas, con criterios de exclusión. Desde la perspectiva feminista, las mujeres que estamos tratando de cambiar el mundo queremos hacer del desarrollo un conjunto de mecanismos de inclusión de las mujeres a condiciones de vida favorables, que no atenten contra la vida de las personas ni contra el medio ambiente ni contra el patrimonio cultural. Queremos un tipo de desarrollo diferente al que está en marcha, que destruye de manera beligerante, radical y voraz a la gente, a la Naturaleza y al patrimonio cultural e histórico. Queremos un tipo de desarrollo con una clave que ha estado invisible para todos los desarrollistas patriarcales: el desarrollo personal de cada mujer y de cada hombre como una prioridad inmediata y práctica y no como un resultado lejano y utópico.

Esta visión va adquiriendo una aceptación cada vez mayor entre las mujeres de todo el mundo. Nunca antes en la historia de la humanidad ha habido una coincidencia cultural de horizontes tan importante entre mujeres de culturas diferentes que tienen una plataforma similar con sentido de presente y de futuro. Nunca como hoy habían coincidido tanto mujeres africanas y latinoamericanas, nórdicas y australianas. Por primera vez estamos construyendo categorías de género intragenéricas, de identidad, de conexión. Y como ahora somos internautas, la conexión es más fuerte. Esta coincidencia se debe sobre todo a que hay una conexión paradigmática, de sentido, de filosofía, de propuesta, de práctica de vida, de acciones concretas.

Por primera vez estamos construyendo una semejanza a voluntad. Las mujeres tenemos voluntad de construir hilos de semejanza filosófica y política entre nosotras. Esto es realmente asombroso porque se ha creído que nuestro género estaba especializado y limitado a la creación de la vida humana. Ahora somos creadoras de cultura y no sólo reproductoras de la cultura patriarcal.

En la construcción de la democracia y de un desarrollo humano sustentable con perspectiva de género coincidimos con hombres paradigmáticos. Aunque no resulta sencillo armonizar coincidencias, este paradigma también ha sido pensado por hombres de diferentes categorías sociales y movimientos políticos. Somos mujeres y hombres que no nos creemos el final de la historia con el que nos amenazaron los filósofos de la postmodernidad. No nos creímos ni nos creemos que se haya acabado la opción de compromiso social en la historia porque terminaron determinados procesos históricos y sociales, por la caída del muro de Berlín o por el cambio de régimen social y político en los países de la esfera socialista. No nos creemos que el neoliberalismo carece de alternativa, que la dominación depredadora del capital es un destino inexorable, que la desigualdad es parte de la naturaleza humana. Con las experiencias de la vida hemos remontado las crisis, hemos observado la caída de unos muros y el levantamiento de otros tal vez peores, y hemos mantenido nuestra visión crítica de compromiso social, sin dogmatismos y tratando de construir alternativas.

No queremos igualarnos con los hombres
Hoy sabemos que es preciso construir democracias más complejas, más incluyentes, más abarcadoras, hoy vemos el desarrollo como un progreso incluyente y con rostro humano. Esta clave nos acerca mucho a las pequeñas minorías de mujeres que en el siglo XVIII lucharon por la igualdad de las mujeres en relación con los hombres. Las revolucionarias de la revolución francesa lucharon por la democracia y lucharon por la igualdad, pero cuando los revolucionarios dieron por concluido el proceso decidieron que las mujeres se fueran a sus casas. Entonces, ellas decidieron que querían ser ciudadanas. Entonces, Olimpia de Gouges, nuestra maravillosa predecesora, planteó uno de los aspectos históricos del feminismo: los derechos de las mujeres y de las ciudadanas. Aquella clave del siglo XVIII está presente hoy en el marco de la participación social y política de las mujeres, pues ésta tiene que ver con la construcción de la ciudadanía de las mujeres.

Desde la perspectiva de nuestro género, la democracia consiste en crear las condiciones para que las mujeres seamos ciudadanas. Actualmente no lo somos. Aún no hay ciudadanas plenas en ninguna parte del mundo. Existe una ciudadanía mutilada, incompleta, inadecuada, a la que le falta igualdad. La diferencia es que ya en el siglo XXI no pensamos la igualdad de las mujeres en relación con los hombres como lo hacían Olimpia de Gouges y sus congéneres revolucionarias. La igualdad de las revolucionarias del siglo XVIII era androcéntrica: los hombres eran la referencia. La igualdad consistía en igualarse a los hombres. Las radicales del siglo XXI decimos que la igualdad entre los géneros, y dentro de los géneros, es muy compleja y complicada. No nos planteamos ya el tema desde el androcentrismo, lo que queremos es eliminar el centrismo.

Queremos eliminar el centro político como lugar privilegiado de la dominación. Nos proponemos la igualdad como una relación entre y no como una igualación con. Buscamos la igualdad en la relación entre mujeres y hombres, y entre hombres y mujeres. Y al mismo tiempo, entre mujeres y mujeres y entre hombres y hombres. Y luego, entre todas las categorías sociales a las que pertenecemos.

Ciudadanas mutiladas, ciudadanos con sobrepoder
La ciudadanía de las mujeres está enmarcada en la más grande construcción filosófica que hemos elaborado las mujeres en el siglo XX: los derechos humanos de las mujeres. Aunque todavía no forman parte de la cultura política social y no existe una conciencia colectiva suficiente que los respalde, los derechos de las humanas son la verdadera armazón de la ciudadanía de las mujeres. La ciudadanía, como forma de estar en la democracia, es la construcción de la humanidad de las mujeres.

Estamos haciendo algo extraordinario, un cambio civilizatorio: estamos construyendo la humanidad de las mujeres. Antes ya la habíamos imaginado a través de muchas ideologías -algunas muy antiguas-, a través de mitos, creencias religiosas y filosofías. Pero un día, a lo largo de estos largos siglos, muchas mujeres dejamos de creer que la igualdad ya existía, y por descreídas hicimos esta innovación: asumirnos como autoras protagónicas de la humanidad de las mujeres, de los derechos de las humanas. También estamos empeñadas en la construcción de otra ciudadanía para los hombres -y ésa es otra clave política de género-. Porque si decimos que nos proponemos transformar las relaciones entre mujeres y hombres, también nos proponemos construir otras claves de ciudadanía para los hombres. La propuesta implica también una reforma profunda y contundente de la condición masculina. Un aspecto fundamental de la construcción de otra clave de ciudadanía para los hombres es eliminar su autoreferencia, su autodesignación, su autorepresentación de todos los seres humanos. Porque si la mayoría de nosotras ni siquiera hemos sido ciudadanas y algunas hemos sido ciudadanas mutiladas, millones de hombres tampoco han sido ciudadanos. Muchos sí lo han sido y con un sobrepoder de ciudadanía. Ese plus de poder es el poder de género patriarcal. Nuestra propuesta consiste en eliminar el plus de poder patriarcal de los hombres, imprescindible en una distinta concepción de democracia y de convivencia entre mujeres y hombres.

Tanto los hombres que son ciudadanos como los que no lo son, sin ninguna excepción, tienen el referente político del plus de poder patriarcal. Esto quiere decir que, aunque para tener poder de género los hombres no han requerido de la ciudadanía, sí han incrementado su poder con los derechos y los poderes adquiridos a través de la ciudadanía. El hombre más prángana de los pránganas, el más desarrapado, el más pobre, tiene poderes masculinos patriarcales y no ha necesitado de la ciudadanía para ingresar al nivel de género que lo legitima como patriarca. Nuestra propuesta implica humanizar a los hombres desde una perspectiva feminista. El paradigma feminista es incluyente. Ésa es su clave ética: la inclusión. Por eso en nuestras consignas se repite siempre: ampliemos los espacios, distribuyamos los recursos.

Protagonistas en la sociedad civil
La ciudadanía es un espacio en el que nos movemos, un espacio simbólico en el que actuamos para transformarlo y para construir las bases mínimas de la democracia genérica. Para poder hacer los cambios que queremos las mujeres actuamos en diversos espacios, y especialmente en uno que es importante, simbólico y político, de acogida, que no es natural, que es histórico: el espacio de la sociedad civil.

El espacio de la sociedad civil ha adquirido una importancia ideológica enorme en los últimos tiempos, sobre todo en las sociedades que habían adquirido una gran conciencia de Estado. Parte de la democracia contemporánea ha consistido en buscar una relación distinta entre el Estado y la sociedad civil. La sociedad civil y el Estado son dos espacios fundamentales en la participación social y política para pensar y articular los liderazgos de las mujeres. Y cuando planteamos cambios radicales y profundos, estamos planteando la transformación del Estado y de la sociedad civil.

En la sociedad civil las mujeres surgimos como protagonistas sociales y políticas, y también surgimos por las cosas que nos pasan: situaciones históricas, desastres climáticos, problemas personales con dimensión social... La participación de las mujeres en el espacio de la sociedad civil es muy diversa, muy rica, casi inclasificable. Tiene ciertas características, que se corresponden con la fragmentación de la sociedad civil contemporánea, donde cada actor está articulando proyectos desde su protagonismo, donde cada sujeto, cada actor social y político, articula el mundo desde su propia dimensión. Y así como nosotras las mujeres estamos emergiendo con protagonismo en la sociedad civil, otros sujetos también lo están haciendo, adquiriendo un perfil y una identidad que se plasman en la construcción de instituciones u organismos específicos.

La sociedad civil es todavía un gran océano de particularidades. Están, por ejemplo, organizaciones o instituciones que reivindican, representan o articulan no sólo ya a las personas discapacitadas, sino a las discapacitadas de la tercera edad, y otras a las de la tercera edad que son analfabetas... Hace 20 años sólo se articulaba "la discapacidad", hoy estamos definiendo particularidades en cada sujeto social. Hemos pasado de una invisibilidad enorme a una visibilidad muy específica. En el caso de las mujeres, de la visibilidad genérica, que nos abarca a todas, a una identificación cada vez más clara de las particularidades.

La sociedad civil también padece de una fragmentación temática. Entre quienes trabajan temas de salud, hay quienes trabajan la salud de las mujeres, y aun más adentro, las que se dedican a los derechos sexuales y reproductivos, y quienes sólo trabajan los derechos reproductivos y no los sexuales. Adicionalmente, en la sociedad civil cada quien busca su propio beneficio. En la sociedad civil se producen luchas políticas y tensiones impresionantes por la autodefinición. Ampliar afirmativamente las colectividades que la integran genera tensiones y a veces no hay posibilidades de articular visiones complejas en las que encontremos intereses comunes. Este proceso de fragmentaciones ha durado unos cuarenta años. Pensar los liderazgos de las mujeres es ubicarlos en este océano de la sociedad civil donde emergemos y tratamos de nombrarnos, y donde, al mismo tiempo, estamos fragmentadas y particularizadas.

Mujeres feministas en los gobiernos
Otro ámbito muy importante para los liderazgos de las mujeres es el gubernamental. Siempre ha habido mujeres en los gobiernos latinoamericanos, pero no siempre con un perfil específico de identidad de género. En la actualidad, lo interesante es el surgimiento, en los gobiernos, de mujeres con identidad de género y con perspectiva de género. Esto representa una innovación política para la gobernabilidad. No significa más que la capacidad de las instituciones gubernamentales de relacionarse políticamente con la ciudadanía, con las instituciones de la sociedad civil y con el conjunto de la sociedad.

En el siglo XX se dio el gran salto: desde la exclusión total de las mujeres en el gobierno hasta la inclusión a cuenta gotas en ciertos niveles de gobierno. Pero, de una en una las mujeres no reivindicaban específicamente su género ni tampoco trataban de modificar las relaciones de poder entre mujeres y hombres. Participaban asumiendo las políticas tradicionales que ya se hacían y haciendo políticas de gobierno muy mimetizadas a las de los hombres. Ésta es una de las características que asumen las mujeres políticas.

Sin embargo, a medida que en la sociedad civil las mujeres luchábamos con una perspectiva e identidad de género, logramos crear condiciones para que hubiese más mujeres en el nivel gubernamental y después, para que llegaran al gobierno mujeres feministas. Hemos construido este proceso de cambios y ahora tenemos en los gobiernos de casi todos los países a mujeres en los organismos ejecutivos, legislativos, judiciales, en todas las instituciones del gobierno y, además, tenemos en el Estado instituciones ligadas al género. Estas instituciones, que buscan lograr el avance de las mujeres y modificar las relaciones de poder entre los gé-neros, significan un cambio político radical.

Para que en los gobiernos hubiese mujeres con perspectiva de género tuvieron que existir antes tres pre-requisitos: movimientos sociales y políticos de mujeres y organizaciones civiles que hicieran avanzar políticas específicas de género, modificación de las reglas de acceso al gobierno, instituciones específicas de gobierno para impulsar políticas de género.

Hombres vs. mujeres y mujeres vs. hombres
En América Latina, y a causa de la ruptura permanente entre gobierno y sociedad, los procesos feministas se han caracterizado, en la mayoría de las ocasiones, por ser procesos políticos de oposición. Esto vinculó durante muchos años la identidad de las feministas con las posiciones de oposición, lo que no siempre se correspondía con lo que queríamos las mujeres. Por esto, aun cuando hay mujeres gobernantes que impulsan políticas a favor de las mujeres, existe un extrañamiento entre las mujeres de la sociedad civil y las mujeres de la sociedad política. Y esto ocurre también porque, a veces, las mujeres en el gobierno no se reconocen en las mujeres de la sociedad civil, y las mujeres que estamos en la sociedad civil no nos reconocemos en las que están en el gobierno.

Esto nos remite a otro aspecto clave en este siglo: la lucha política entre las mujeres. Al surgir de la marginalidad, las mujeres nos encontramos frecuentemente con la oposición de los hombres. Además, al participar con enfoques, visiones de cambio y propuestas distintas de las tradicionales, nos encontramos también frecuentemente con la oposición de mujeres potenciadas que defienden el orden establecido. Se produce entonces la lucha entre las mujeres, entre la que emergen con rostro de mujer reivindicando nuestros derechos y las que participan no ya como sombras de sus aguerridos machos sino como activas defensoras del orden patriarcal.

Este es otro tipo de liderazgo entre las mujeres: no el de las que buscan alternativas sino el de las que defienden el estatus quo. En el proceso de la Conferencia de Beijing participaron mujeres con liderazgos conservadores y patriarcales, defensoras del orden establecido. En Estados Unidos y en Europa existen desde hace años liderazgos de mujeres reconocidas como antifeministas con gran peso político. Debemos debatir cómo relacionarnos con estas mujeres, que ocupan espacios importantes y que luchan por sus derechos, pero con una visión distinta a la de las feministas.

Prioridades: pobreza, violencia y salud
Hemos asistido al surgimiento gradual de políticas públicas con perspectiva de género. Resulta contradictorio que gobiernos que se basan en estrategias neoliberales impulsen al mismo tiempo políticas públicas con perspectiva de género, que por un lado creen exclusión y por otro apliquen paliativos en favor de las mujeres. Pero esto tiene lógica: siempre en la política coexisten alternativas antagónicas y las instituciones del Estado son también espacios de la lucha política.

La confluencia de varios factores mundiales ha hecho que algunos gobiernos neoliberales apliquen políticas con perspectiva de género, especialmente en el tema de la pobreza, en el de la violencia y en el de la salud, las tres prioridades gubernamentales respecto al género. En estos tres ejes confluyen recursos públicos para programas que responden a políticas mundiales de enfrentamiento a la pobreza y la exclusión. Al mismo tiempo, en los movimientos sociales luchamos con los grupos más desfavorecidos de mujeres. Se da así una confluencia entre políticas internacionales, políticas gubernamentales y orientaciones ideológicas de las mujeres de la sociedad civil, privilegiando todas a las mujeres pobres.

Esta triple confluencia multiplica los esfuerzos orientados a favorecer a las mujeres más desfavorecidas, quedando todavía en el desamparo otras mujeres que no son casi nunca contempladas en las políticas públicas, y por las cuales nadie hace una lucha abierta por la construcción de su ciudadanía.

Las políticas de género no sólo están avanzando por la fuerza real de las mujeres. También avanzan por la globalización. Desde una perspectiva, la globalización resulta nefasta. Pero desde la perspectiva de género, la globalización ha multiplicado nuestros recursos políticos. Las redes intergubernamentales e intragubernamentales, las agencias internacionales, los organismos regionales, son fuerzas políticas activas que forman ya parte de la geografía política de las mujeres. Ya no podemos pensarnos aisladas y fuera de la cooperación internacional.

Las políticas de género de las agencias internacionales son un reflejo de lo que han alcanzado las mujeres en los países desarrollados, considerado ya como parámetro para todas. Las agendas políticas de las mujeres ya no se cocinan solamente en la propia casa. Hoy, cualquier agenda política, investigación, enunciado de problemas o definición de alternativas es global. Y eso es algo que debemos tener en cuenta como parte de nuestra identidad. A menudo, las mujeres tenemos identidades muy locales y queremos que nuestra raigambre esté siempre en el terruño, pero las mujeres contemporáneas debemos aprender a tener una raigambre global.

La globalización nos ha favorecido mucho
La agenda política global de las mujeres se sustenta en el reconocimiento de nuestra semejanza de género. Antes de la globalización, la agenda política de las mujeres había sido construida en procesos históricos aislados, en las trayectorias locales, nacionales y regionales que vienen haciendo los movimientos de mujeres desde hace dos siglos. Hoy, terminado el siglo XX, las mujeres nos encontramos en la globalización.

Los insumos para la agenda política global ya los teníamos antes. Fueron las mujeres quienes lucharon en México, dentro del proceso ilustrado liberal que se vivió hace más de un siglo, por la igualdad educativa entre mujeres y hombres. De ese recorrido vengo yo. Lo que pasa es que hoy ésa mi experiencia local confluye con la de Australia, porque también allí otras mujeres lucharon por lo mismo aunque en otra época.
Hoy, las mujeres nos vamos encontrando en ítems políticos que tienen tradiciones históricas diferentes, pero que son similares. De esa forma lo local se ha convertido en global para nosotras. La globalización nos ha favorecido enormemente a las mujeres. Vista desde el género, la globalización nos ha intercomunicado, nos ha encontrado, nos ha permitido desarrollar lenguajes compartidos que hoy son agendas políticas de mujeres con procesos de vida diferentes que hemos identificado una causa común.

La dialéctica entre lo local y lo global es muy compleja, pero a nosotras nos ha posibilitado desarrollar una importante clave política: la tolerancia entre las mujeres. Si hoy existe entre nosotras un paradigma posible, un proyecto y un conjunto de acciones hacia un lugar, en un sentido, es porque hoy existe la globalización. Y este logro es ya en sí mismo una alternativa a la globalización neoliberal, porque contiene posiciones políticas, ideológicas y estructurales alternativas.

Lideresas en todos los espacios
Queramos o no, pensamos en parámetros transnacionales y hoy tenemos creencias, valores y formulaciones elaboradas por mujeres en espacios que no son los nuestros, los locales. Antes de ahora ninguna generación de mujeres había vivido esto: mujeres creando cultura, aculturadas por una cultura global de género. La cultura, como espacio de reproducción de la concepción del mundo y de la vida, ha experimentado cambios de oro para las mujeres, tanto en los espacios educativos como en los medios de comunicación.

Liderazgos de mujeres hay por todos los espacios que se nos ocurran -académicas, investigadoras, escritoras, pintoras, músicas, rockeras, monjas, teólogas, pastoras, radialistas, periodistas de prensa y televisión-. Hace algunos años esos liderazgos eran muy pocos y estaban muy acotados, muy limitados a ciertos espacios. Hoy, en cualquier espacio que se abra, surgirán liderazgos femeninos con visión de género, porque aunque la perspectiva de género sea minoritaria, ya forma parte de la cultura universal.

El liderazgo más difícil de todos
La otra dimensión de la cultura y del cambio de las mentalidades está exactamente en todas nosotras y en nuestra vida de cada día. Cada una de nosotras somos mujeres concretas cambiando mentalidades, en la primera línea de confrontación, que es la casa, la familia, el espacio más duro del orden social como entidad de relaciones y como institución social. A veces, tratar de cambiar tan sólo una costumbre familiar, o modificar una jerarquía mínima entre hermanos y hermanas, o luchar por cambios en la distribución de los recursos concretos de la familia, hasta establecer quién lava los platos, le puede costar la vida a una mujer. Y si no es tan grave la cosa, ese empeño la puede llevar a una comisaría de policía.

Lo más duro y difícil es el liderazgo cotidiano de cada mujer en su entorno personal. El liderazgo en la familia, en la casa, en la pareja y en el trabajo. En esos espacios es donde está más en cuestión la capacidad de liderazgo de cada mujer. También en el espacio de la casa está en cuestión si las mujeres podemos liderar a los demás más cercanos, si una mujer puede liderar a su pareja hacia cambios de género. En la casa, cada mujer se juega el liderazgo sobre su propia vida. Y eso es precisamente lo que el entorno político no quiere ceder, el liderazgo sobre la propia vida. Es eso lo que no se quiere cambiar: de quién es el liderazgo sobre las mujeres.

Por eso, todas estamos en la primera línea de fuego, todas somos vistas como emblemáticas y a todas se nos coloca en la posición simbólica de las que están cambiando. Todas somos vistas con estereotipos, aunque no lo queramos, aunque seamos de las que se defienden diciendo: Yo no soy de esas radicales, ésas son otras. A todas nos colocan en el mismo lugar simbólico, que es la identidad feminista. Y aunque yo no me considere feminista, la gente me coloca en ese lugar. Si intenta algún cambio, por pequeño que sea, la mujer más tranquila y conservadora es vista como la feminista del lugar, como la rara.

Caritativas, asistencialistas, salvadoras...
Las mujeres participamos de muchas formas: con participación personal directa, lidereando, como activistas, como profesionales, en procesos que tienen que ver con la causa de las mujeres, en procesos que no tienen un claro perfil político feminista sino un perfil más complejo y diverso... A veces participamos con conciencia de género. A veces en procesos que socialmente no están ligados a los procesos políticos de género. Hay una gama muy grande de formas de participar, de conciencias y de formas de nombrarnos.

El abanico es muy amplio. Entre las que estamos en los espacios donde se aborda la temática de las mujeres hay muchas diferencias. Hay mujeres que están en eso porque fue el único trabajo que consiguieron, porque las recomendó alguien, porque no había más oferta de trabajo y les tocó trabajar con mujeres sin tener apenas conciencia sobre la problemática de las mujeres, y se sienten incómodas y hasta les cuesta explicar lo que hacen. También entran en estos procesos mujeres con una actitud caritativa. También hay mujeres especialistas en la causa de las mujeres, que llevan años de su vida comprometidas con eso. No les tocó estar ahí, lo eligieron.

En nuestras sociedades existe una tradición muy extendida y arraigada de ver a las mujeres liderando procesos de caridad promovidos por instituciones religiosas, donde la afectividad es compasiva y donde se emprenden acciones para que las mujeres pobres mejoren su calidad de vida, salgan de la miseria y enfrenten desastres naturales que son su pan de cada día. En estos proyectos se suelen promover actitudes caritativas sin empatía. Es una caridad de quien se siente ajena, de quien no se siente implicada. Puede sentirse consternada y conmovida, pero esa problemática no la toca y la razón es muy simple: no se identifica.

Otra actitud muy típica es el asistencialismo propio de muchas mujeres que trabajan en ONGs, que se relacionan con personas de grupos sociales diferentes a los de ellas. Su tendencia es brindarles asistencia, y aunque pueden implicarse en procesos muy interesantes, el asistencialismo impide que desarrollen ciudadanía. Ni la caridad ni el asistencialismo desarrollan ciudadanía, porque impiden el protagonismo de la gente, que se acostumbra a necesitar apoyos tutelares permanentes para vivir. Ocurre lo mismo con el paternalismo, que es el nombre del asistencialismo gubernamental. Las funcionarias y las instituciones de gobierno se sienten a menudo ajenas a la situación de las mujeres. Su estatus jerárquico y los recursos que manejan -muchos o pocos- las hacen doblemente distantes y ajenas.

Debemos reconocer que todas, en todos los espacios, experimentamos alguna actitud salvadora. Dentro de los muy variados procesos de participación, son muchas las mujeres que los viven desde una experiencia subjetiva en la que se sienten salvando a las mujeres, al mundo, al cosmos. Se trata de una actitud mítica presente en la cultura tradicional, sea religiosa, laica o revolucionaria. La gama de los liderazgos las abarca a todas, es muy amplia: desde las que son caritativas hasta las que han hecho una opción de género por las mujeres.

De la conciencia de ser mujer a la conciencia feminista
En cualquiera de estas experiencias, con cualquiera de estas actitudes, comenzamos a adquirir conciencia de que también a nosotras nos pasan cosas. Hay quienes trabajan con mujeres violentadas y lloran con ellas, y es hasta diez años después que descubren que ellas también están siendo violentadas, pero no lo podían ver. No lo llamaban así, para ellas lo que les ocurría tenía otro nombre y otra explicación, y violencia era lo que le pasaba a las otras. Hay mujeres que experimentan procesos de dominación muy severos, pero sienten que son otras las que están dominadas. Y hay mujeres "salvadoras" que sólo ven la marginación en otras y no en ellas mismas.

Todo esto es lo que se llama ceguera de género en la propia existencia y, a la inversa, magnificación de la problemática de género en las otras. Estamos medio ciegas respecto a lo que nos pasa o disminuimos nuestra problemática. En la universidad, estudiando desde la perspectiva de género, cuando hablamos de las mujeres musulmanas, muchas dicen: Pobres mujeres, nosotras estamos a años luz de distancia. Pero, un semestre después, esos años luz se reducen bastante...

El tránsito de tener conciencia de ser mujer a tener conciencia de que a las mujeres nos pasan cosas por ser mujeres, y después a desarrollar a partir de ahí una conciencia política para luego asumirla como causa de una colectividad, es un proceso muy complejo y complicado. Asumirnos como feministas es más complicado todavía. A veces tardamos 20 años en adquirir la conciencia de que a las mujeres nos pasan cosas por ser mujeres, en entender que es preciso intervenir y en decidirnos a participar. Pasan 20 años hasta que un día decimos a trancazos, un poco con la lengua engarrotada, que somos feministas. Ese paso que puede parecer de poca importancia, es un paso clave porque tiene que ver con la construcción de nuestra identidad.

La gran coartada
Algunas mujeres hemos participado en procesos de elaboración de políticas que han tenido como objetivo incorporar a las mujeres a ciertas áreas tecnológicas o a ciertos campos del conocimiento. Son políticas que buscan incorporar a las mujeres y nada más. No se elabora la política desde una propuesta articulada y destinada a modificar la desigualdad de género. Ésa es la gran coartada del trabajo con mujeres. Por eso, estas acciones son positivas, pero no tienen un sentido transformador. Mucho peor si la incorporación de las mujeres se queda sólo en el papel para conseguir fondos. Cuando la incorporación de las mujeres no forma parte de estrategias de ciudadanía, de acciones más complejas, la incorporación se produce con enormes desventajas y sólo contribuye a sobrecargar a las mujeres con nuevas responsabilidades y con más trabajos.

Igual sucede con la incorporación de las mujeres a la vida política. En la historia moderna de América Latina tenemos casos impresionantes. La participación política de millones de mujeres latinoamericanas en los procesos políticos de las últimas décadas ha sido notable. Participamos, pero el objetivo implícito, el que no se ha dicho, es que "no modifiquemos nada".

Podemos participar, pero para que, en estos temas, todo quede igual. En otros procesos se incluye a las mujeres porque si no se ve muy mal. En otros, se las incluye porque de otra forma no hay financiamiento de las agencias internacionales que así lo exigen, pero no existe una convicción profunda, una necesidad sentida, una interioridad transformada. Cuando las mujeres participan así, muchas veces hablan del género descalificándolo como si fuera una moda. No alcanzan a comprender la magnitud política de integrar las necesidades de las mujeres al universo mental. Ellas mismas desmerecen el tema y dicen: Como ahora hay que incorporar el género en todo... Y trabajan y actúan con poco o ningún convencimiento.

Este tipo de participación política conduce a la creencia de que se realiza en condiciones de igualdad. Y cuando creemos que estamos en condiciones de igualdad, nuestra participación política tiende a mimetizarse con la participación de los hombres. Se vuelve casi una imitación de la participación política de los hombres.

La enajenación consiste en no luchar por la igualdad, sino por participar sea como sea, incluso haciendo insignificantes las necesidades de las mujeres para aparentar igualdad. Cuando las mujeres que hacen política actúan así, tienen liderazgos entre las mujeres, pero sólo simulan que tienen muchas capacidades y mucho poder. Pero esto no es más que un simulacro muy ligado al mimetismo de género con los hombres.

La conciencia de la propia historia
Otras muchas mujeres participan comprometidas con su género. Participan porque necesitan resolver su problemática como mujeres y porque, desde su propia problemática, han podido identificarse con otras mujeres. En ellas se da una doble conciencia: se reconocen mujeres y al mismo tiempo se identifican con otras mujeres. Se trata de dos experiencias subjetivas diferentes. Esta doble conciencia no conduce a hacer caridad o paternalismo, sino a tratar de construir colectivamente procesos de transformación. A esta convicción se puede llegar desde muchos procesos, desde el asistencialismo, el salvacionismo, la caridad o la política sin perspectiva de género.

Todas las formas de participación y todos los liderazgos son resultado de la acción social, del espacio social y de la cultura, y también de la experiencia individual de cada una. Por eso cada quien le pone su propia marca a su forma de ejercer su liderazgo. Cuando las mujeres rompemos las barreras de la formalidad institucional, política y participativa, y conocemos quiénes somos, entonces podemos empezar a construir la identificación positiva de género. De otra forma es imposible hacerlo. Por esto, el primer recurso formativo para las lideresas es desarrollar la conciencia de su propia historia y la conciencia de que las otras tienen historia, y la convicción de que todas esas historias son diferentes y todas son valiosas.

Queremos empoderarnos y también queremos el poder
Y en definitiva, ¿qué es lo que nos proponemos como lideresas? No sólo el empoderamiento, un concepto vigente, reconocido y aceptado ya por las políticas públicas y por las instituciones. Queremos también el poder. No nos proponemos liderazgos femeninos para sentirnos bien, sino porque nos urgen, porque las mujeres de todo el mundo estamos en situación de emergencia y nos urge construir individual y colectivamente el poderío de las mujeres. Prefiero utilizar el concepto de poderío porque permite diferenciarlo de otras formas de poder y explicar qué tipo de poder no queremos las mujeres y qué tipo de poder queremos.

Los movimientos sociales y políticos de mujeres han ido elaborando como una verdadera alternativa un tipo de poder que permita eliminar el poder de dominio en la sociedad, particularmente el dominio de género. Se trata de eliminar el poder autoritario, el poder como abuso, el poder de lastimar a otros, el poder de expropiar las posibilidades de vida de las personas. Las mujeres queremos formas de poder que nos permitan desarticular los poderes enajenantes, destructivos y opresivos que están vigentes en nuestras sociedades.

El poderío es un conjunto de poderes para el desarrollo personal y colectivo basado en la cooperación solidaria entre las personas, las instituciones, las estructuras, las organizaciones. Este poderío es el cimiento de la democracia y el desarrollo humano sustentable. Se trata de eliminar la opresión y de construir la ciudadanía de las mujeres: son los dos polos de ese poderío.

Cuando decimos que queremos el poder, muchas personas piensan que lo queremos tal como es, y eso les provoca miedo porque creen que vamos a vengarnos. Existe un miedo colectivo a la venganza de las mujeres. Les da miedo que las mujeres usemos los poderes de la misma forma en que los usan contra nosotras, piensan que vamos a violentar, a abusar, a excluir, a maltratar, a quitar. Piensan el mundo al revés. Por eso una de las claves de los liderazgos femeninos es transmitir de forma clara y puntual lo que en realidad queremos y lo que no queremos. Por eso, para que las mujeres no usen el poder así, de la forma tradicional, tenemos que desarrollar una conciencia política diferente entre nosotras.

El poderío vital de las mujeres sólo puede desarrollarse junto con la democracia. Las sociedades donde las mujeres tienen mejores condiciones de vida, mayores oportunidades y más derechos coinciden con las sociedades en las que se han desarrollado procesos democratizadores más profundos, que han abarcado a las mujeres. La democracia ha pasado por ellas y las ha incluido. Y al incluir a las mujeres se ha potenciado la democracia.

Tomado de Revista Envío Digital

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